Pironio y Angelelli. Dos hombres, dos consagrados. Uno Siervo de Dios; el otro, Beato, Mártir… Ambos profundamente comprometidos con la fe, la iglesia, la patria y la justicia.
Como hombres de Dios, intercambiaron correspondencia. Esta es la carta que el Cardenal Pironio dirige a monseñor Angelelli en respuesta a una misiva que éste enviara desde La Rioja contándole el dolor por los asesinatos de Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. Nótese la fecha de la respuesta de Pironio… Para conocer más a estos «amigos de Dios para los hombres»…
Roma, 4 de agosto de 1976
Exmo. Y Rvmo. Monseñor Enrique Angelelli
Obispo de La rioja
Mi querido Angelelli:
El misterio de la Pascua –con todo lo que tiene de cruz y de Esperanza- se ha clavado en tu iglesia particular y en el corazón sensible de su pastor. Por eso van estas líneas. Quiero estar a tu lado, en silencio como María, tratando de compartir tu pasión, asegurarte mi amistad y ofrecerte mi oración.
Es inútil que te diga cosas. Tú las sabes y las hemos conversado juntos tantas veces. La muerte en tu Diócesis de dos sacerdotes –tuyos y míos, porque eran religiosos- me hace pensar en la Pascua: en la pacificación por la sangre de la cruz, como diría San Pablo a los Colosenses, o en la comunión en Cristo de los dos pueblos separados, mediante la muerte que derriba el muro de enemistad para hacer de él el verdadero Hombre Nuevo. (Ef, 2).
La Pascua es siempre fecunda, con la fecundidad del grano de trigo que muere para que fructifiquen las espigas (Jn12, 24) y con la seguridad de que cada día es Pascua entre nosotros: porque cada día Cristo prolonga su pasión en la historia y el gozo de su resurrección. Cristo vive, mi querido Angelelli. Es inútil que los hombres pretendan ignorarlo. Lo importante es que nosotros lo anunciemos con la palabra, lo testifiquemos con la vida y lo confirmemos con el gozo de la sangre derramada.
Ayer precisamente leíamos en el evangelio de la misa: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”. Con la sencillez de un hermano y de un amigo te aseguro la presencia del señor resucitado. No tengas miedo. Vive la serenidad y el gozo de la esperanza.
Roma –que tú conoces piedra a piedra y que amas tan hondamente con tu corazón de Obispo- nos enseña que la Iglesia se plantó en la fe y el amor de los apóstoles y fué amasada con su sangre.
Desde aquí te envío un abrazo fraterno, extensivo a tus sacerdotes y religiosas, y mi bendición en Cristo y María Santísima».
Eduardo Cardenal Pironio
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