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Hay presencias que son portadoras de paz… ¡Cuántas personas, a nuestro alrededor, transmiten serenidad frente a los acontecimientos! ¡Cuántas personas predican la paz sin siquiera nombrarla, gestándola a su paso!
«Cristo es nuestra paz», nos enseña san Pablo. Su presencia calmas las aguas tormentosas, sosiega corazones heridos y colmados de culpa, responde dudas e interrogantes existenciales, exhorta a no tener miedo y confiar…
Cada aparición del Resucitado es una invitación a la paz: frente al temor de los discípulos encerrados, en el camino a Emaús o a orillas del Tiberíades, Jesús busca, propicia el encuentro para compartir su paz, brinda serenidad, deja atrás la ansiedad de los discípulos de querer controlarlo todo e impulsa al camino, a la acción: «Como el Padre me envió, yo los envío a ustedes». Ahora, la imagen del resucitado somos nosotros… presencia de paz allí donde la providencia de Dios nos ha llevado.
«La paz esté con ustedes» Jn 20, 19
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Paso. Tránsito. Camino.
La Semana Santa nos enseña mucho acerca de la vida, nos enseña el misterio de la vida…
Nos asomamos a la vida triunfantes, pero, en el camino vamos notando que no sólo las rosas nos acompañan, también las espinas. A todo domingo de ramos le llega su viernes de pasión. Y allí, al pie de la cruz, hemos aprendido a dejar todo lo que tiene sabor de muerte:
Y la espera silenciosa va dejando lugar gozo de la resurrección y, allí, experimentar el paso, el tránsito…
¡Ha resucitado Cristo, nuestra esperanza! Ahora, hay que animarse a dar el paso… de su mano.
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«Hace mucho que vengo insistiendo en la Iglesia de América Latina como Iglesia de la Pascua. Hoy quisiera comprometerlos a ustedes a que todos juntos hagamos de nuestra Diócesis una “Iglesia Pascual”. Estamos estos días viviendo la plenitud de la Pascua en el acontecimiento de Pentecostés. ¡Qué oportunidad magnífica para descubrir claro en el Espíritu y comprometernos en su fidelidad!
¿Qué sería una Iglesia Pascual? Tendremos tiempo, mis queridos hermanos, para ir describiéndolo en detalle y exigiéndolo en la práctica. Hoy quiero sencillamente presentarles tres características que me parecen esenciales y urgentes: una Iglesia Pascual es una Iglesia en esperanza, una Iglesia en comunión, una Iglesia en misión.
Pero antes quisiera aclararles una cosa. Una Iglesia Pascual no es precisamente una Iglesia triunfalista. Al contrario, es la Iglesia de la cruz y la esperanza, de la muerte y la fecundidad, del anonadamiento y de la exaltación. Una Iglesia Pascual es esencialmente una Iglesia pobre. Una Iglesia que vive la libertad del desprendimiento y el gozo profundo del servicio. Una Iglesia que “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que Él venga” LG 8). Nada más contrario a una Iglesia Pascual que la seguridad humana, la tentación del poder, o el deslumbre del prestigio. Una Iglesia Pascual es la que simplemente anuncia y celebra que Cristo murió y resucitó, que se entregó totalmente y vive entre nosotros, que subió al Padre pero sigue peregrinando en el interior de la historia.
En otras palabras, una Iglesia Pascual es signo e instrumento del Señor Resucitado. Es decir, una manifestación cotidiana de Jesucristo. Es lo único que importa. Es lo único que salva».
Eduardo Francisco Pironio
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Te comparto esa bella canción para meditar ante la cruz del Señor…
Volver a volar
(Juan Ignacio Pacheco – Cristóbal Fones, de la obra «Levántate»).
Sé que tus ojos me han mirado
y tu paciencia me ha esperado
pero aquí estoy, ya ves
nuevamente enredado.
Sé que conoces mis heridas
se que levantas las caídas
pero ya ves, me cuesta creer
que aun camines a mi lado.
Dame la cruz, te doy mi cruz, dame tu mano
sólo así podre entregarme por entero
y caminar nuevamente por el aire
como la hoja que se mueve con tu viento.
Es que todavía no he entregado
la ofrenda de mi corazón atado;
lo sabes bien, debo entender
que mis ojos aun están cerrados.
Toma mi fuego, toma mi barro
al fin entiendo lo planeado.
Aquí estoy, Señor
intento ser tu hijo amado.
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En estos días ha estado rondando en mi mente este cuento/relato al pensar qué es lo que debemos reconstruir en nuestra sociedad. Junto a él, la frase de Isaías…
Una edición especial (Anónimo)
Años atrás, un sacerdote es enviado por su obispo como párroco a una comunidad aborigen. Entusiasmado con la tarea encomendada, se encaminó a su nueva parroquia. Allí fue muy bien recibido por un grupo numerosos de fieles. En diálogo con los suyos, constató que no tenían acceso a la lectura de la Palabra de Dios por no disponer de una traducción en el idioma de la comunidad. Ese fue el motivo que lo impulsó a realizar una traducción de la Biblia.
Se puso manos a la obra en su objetivo, después de mucho esfuerzo quiso hacer la edición para que sus fieles pudieran leer la Buena Noticia en su propia lengua. Buscó juntar el dinero con rifas, almuerzos comunitarios y todo aquello que se pone en marcha al momento de necesitar solventar una acción. Pero algo imprevisto ocurrió. Una fuerte lluvia dejó a una parte de su comunidad en situación de desamparo. Sin dudarlo, el sacerdote destinó todo lo recaudado para aliviar el dolor de sus hermanos.
Hombre perseverante, volvió a la carga en su objetivo y, nuevamente, con mucho esfuerzo, logró juntar el dinero necesario para realizar la edición anhelada, pero otro imprevisto lo sacudió: un alud había castigado a un sector de la comunidad, dejando sin hogar a muchas familias. Y otra vez, sin duda alguna, destinó lo recaudado al servicio de sus hermanos.
Por tercera vez se dispuso a alcanzar su meta y lo logró. Feliz, se dirigió a su obispo para mostrarle el fruto del esfuerzo: la Biblia en la lengua de su comunidad. Cuando su superior lo recibió, le dijo:
– ¡Qué lindo! Me parece una gran iniciativa, pero, para serle sincero, me gustaron mucho más las otras dos ediciones anteriores.
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Las personas podemos admirar a muchos hombres y mujeres… Nos asombramos de su talento, de sus condiciones, admiramos sus logros, sus éxitos…
A algunos, los hemos llamado ídolos; a otros los hemos colocado en lo más alto llamándolos «Mesías» o, directamente, «Dios»…
Pero ninguno de ellos es capaz de brindarnos aquello que necesitamos para ser felices… en definitiva, sus logros son… sus logros, no nuestros… Sus palmares, sus coronas, su dinero, su prestigio no es nuestro… les pertenece.
Uno solo entregó su vida por toda la humanidad… Uno sólo puede pasar por nuestras vidas enriqueciéndola con sus dones para transformarla. Uno solo es el que «todo lo tiene y todo lo entrega» para que tengamos vida.
Viene Jesús… Viene a reinar…
¿Qué significa que Jesús viene a reinar? ¿Quiere dirigirnos? ¿Quiere controlarnos? De ninguna manera. Dios respeta nuestra libertad, porque es regalo de Él.
Simplemente, Jesús viene a reinar para que en nosotros no tenga poder el pecado, ni tengan poder la envidia, el rencor, el egoísmo…
Viene a reinar para sacar de nosotros lo mejor. Porque su forma de reinar no es por la fuerza, imponiéndose…. por el contrario, su reinado se entiende desde el servicio…
Jesús viene a reinar, es decir, viene a servir. Es la lógica de la Semana Santa.
El que viene a reinar lo hace montado en un burrito…
Reina lavando los pies de los discípulos…
Abriendo sus brazos en cruz para abrazar a la humanidad…
Venciendo a la muerte para que vos y yo tengamos esperanza…
Hemos abierto nuestros brazos para recibir a tantos que nos han usado, nos han despreciado, nos han burlado… aquí está Jesús, el que nunca defrauda. Viene a reinar para dar vida.
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Celebración Penitencial “Escribir en la arena”
Esquema de la celebración
1.- Canto inicial: “Conversión” u otro cambio apropiado.
2.- Acto penitencial.
3.- Lectura del Evangelio de Lucas (15, 11-32): parábola del Padre misericordioso.
4.- Aporte del catequista. Recapacitar. Arrepentirse. Reparar. Olvidar.
5.- Examen de conciencia.
6.- Relato “Escribir en la arena”.
7.- Signo: arena y piedra, dos aliados para vivir la cultura del encuentro.
8.- Oración y canto final.
Ambientación: en un lugar cómodo, se dispondrá de un altar con un tapete, una vela encendida y el libro de la Palabra de Dios. Además, sobre una superficie amplia (puede ser una mesa o en el suelo) se colocará un paño (de tela, lona, plástico, etc.) y, sobre él, arena (deberá estar alisada, formando una capa fina en la que sea posible escribir). Dentro de un recipiente, se reservarán piedras pequeñas (una por participante).
Guía: Comenzamos esta celebración, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Guía: Hermanos: la cuaresma es el tiempo oportuno para evaluar nuestra relación con Dios y con familiares, amigos y compañeros. Un tiempo de desierto que invita al silencio, la reflexión, el ensimismamiento. Comencemos esta celebración cantando…
Acto penitencial: Para comenzar, reconozcamos que, tantas veces, nos equivocamos y nos alejamos del amor de Dios.
Evangelio: Jesús quiere mostrarnos cuál es el verdadero rostro de Dios invitándonos a confiar en su infinita misericordia. Dios, que es Padre, quiere darnos vida en abundancia. Dejémonos interpelar por su Palabra.
Aporte del catequista.
Recapacitar. Arrepentirse. Reparar. Olvidar.
En la parábola podemos observar que el cambio en el hijo menor comienza cuando es capaz de recapacitar, de darse cuenta en qué había transformado su vida y como despilfarró lo mejor de su juventud (herencia = dones, capacidades, integridad, respeto, dignidad). Cuando es capaz de caer en la cuenta de que su actitud (orgullo y vanidad) lo hundía cada vez más en la tristeza, surge el arrepentimiento. El dolor por haber pecado, por haber pensado que, lejos de su Padre tenía futuro.
El dolor mismo (arrepentimiento) impulsa la necesidad de reparación. Este aspecto no se ve con claridad en la parábola, pero, en la dinámica del perdón, se presenta como necesario: en definitiva, el regreso del hijo menor, ¿no será, acaso, un intento de reparación?
El último paso lo da el Padre. El olvido. Al abrazar al su Hijo desecho por el pecado, no se preocupa tanto por lo que ha hecho, sino por lo que hará. Por eso es necesaria la fiesta, experimentar la alegría de saberse perdonado. Así podrá reconstruir desde las ruinas.
Pidamos a Dios que en esta cuaresma, podamos asumir la dinámica del perdón: recapacitar, arrepentirse, reparar y olvidar.
Examen de conciencia: Hacer un examen de conciencia no significa rendirnos ante la culpa. Es evaluar la vida, ver cómo marcha, preguntarnos si vamos en el rumbo que Dios nos propone. Escuchemos con atención las preguntas que se nos van a proponer y experimentemos el llamado que Dios Padre nos hace a una vida nueva.
El examen de conciencia ha sido descargado de la página es.catholic.net.
Tu familia:
Comentas que tus padres no te comprenden y consideras que se quedaron en el tiempo, pero…
Tus amigos/as:
Tu trabajo/estudio:
Tú mismo:
Con Dios:
Relato “Escribir en la arena” (Cartas del desierto – Guillermo Pareja Herrera): escucharemos un texto que nos ayudará a gestar entre nosotros la cultura del encuentro y la reconciliación.
Escribir en la arena
Hubo dos amigos que vivieron en el desierto. Un día, iban caminando, y, en medio de la charla, surgió una discusión que terminó en golpes. El amigo que quedó ofendido y lastimado tomó una cañita y escribió en la arena: “Hoy, mi amigo me ha ofendido y golpeado”. Siguieron su camino. Cuando el sol se hallaba en el mediodía, encontraron una reserva de agua y se dieron un baño, pero, de pronto, el amigo ofendido comenzó a ahogarse. El amigo que lo había golpeado vino en su auxilio y lo salvó de morir. Pasado el susto, el amigo ofendido tomó una punta metálica y grabó en una piedra estas palabras: “Hoy, mi amigo me ha salvado la vida”. Sorprendido, el amigo ofensor preguntó: – ¿A qué se debe que hayas escrito esas palabras? Su amigo le respondió: – Las ofensas las escribo en la arena para que el viento las borre y se las lleve. Las bondades y los favores los grabo en piedra para nunca olvidarme de que los he recibido.
Somos afortunados amigos. Los vientos del desierto son nuestros aliados. Todo lo que nos duela, todo lo que nos ofenda o lastime escribámoslo en la arena. Tengamos una piedra en nuestro jardín para escribir, en ella, las muchas bondades que la vida nos concede, si nos detenemos y sabemos ver…
Sabemos que Dios obra como el amigo ofendido, olvida rápidamente nuestras faltas. Tenemos fe de que Dios Padre siempre nos perdona cuando recapacitamos y reconocemos el error cometido. Ahora, ¿obramos nosotros de la misma manera? Podemos pensar si somos como el Hijo menor o como el Hijo mayor… Pero, la gracia de Dios nos ayuda a ser como el Padre…
Signo/Gesto: Los invitamos a acercarnos aquí, donde está la arena y escribir sobre ella alguna ofensa recibida que tengamos que perdonar, para hacer con otros lo que Dios Padre obra en nosotros: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Al acercarnos y escribir en la arena, recibiremos una piedra para que nos recuerde siempre el amor que Dios nos tiene y las gracias que, día a día, nos regala.
Mientras nos acercamos a escribir en la arena, cantamos…
Para finalizar, rezamos juntos Padre nuestro, Ave María y Gloria.
Cantamos…
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Encuentro para adultos preparado por el Secretariado Diocesano de Catequesis de Mar del Plata en el año 2018.
No resulta novedoso hablar de Jesús en nuestra cultura “occidental y cristiana”. La persona de Jesús, su vida y mensaje están ampliamente difundidos entre nosotros: ciudades que llevan el nombre del Señor, imágenes y monumentos en diversos espacios (sagrados o públicos), la presencia de la Cruz en distintos ámbitos, diversas festividades a lo largo del año calendario, algunas consagrando días feriados, educación religiosa impartida en colegios confesionales y catequesis parroquial…
Esta presencia de la persona de Jesús, de sus dichos y hechos, ¿influyen en forma determinante en nuestra vida? ¿Hacen de nosotros una nación cristiana? Nuestra fe, ¿ha llegado a traducirse en hechos concretos?
Benedicto XVI nos dice en Deus caritas est:
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,
con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva”
El encuentro con Jesús no debe considerarse como algo mágico, es la posibilidad de reconocer a Otro que, por la fuerza de su presencia y mensaje, da a nuestra vida un nuevo sentido. Hay “un antes y un después” del encuentro personal con Jesús donde se descubre que Dios nos llama a vivir plenamente la vida, a reconocer que somos “una misión en esta tierra” (EG, 272), a encontrar el profundo sentido de la vida y un camino para transitarla. Decíamos, no es algo mágico que hace desaparecer problemas y obstáculos; por el contrario, permite mirar y afrontar la realidad cotidiana con la fuerza de la fe, con una renovada esperanza y con una encendida caridad que nos impulsa a tender profundos vínculos con la humanidad.
¿Cómo posibilitar ese encuentro? ¿Cómo crear las condiciones para que cada persona pueda experimentar la cercanía de Jesús y el poder sanador de su mensaje?
Si te interesa el encuentro completo, hacé click en el enlace para descargarlo de Google Drive:
Presentación con imágenes para proyectar
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