Samaritano

Samaritano

La parábola que propone Jesús es, fuertemente, provocadora… Cómo presentar a un hombre impuro como ejemplo de solidaridad? Y, además, hacerlo en comparación a un levita y un sacerdote.

Sin embargo, Jesús lo hace. No le importan las razones históricas por las cuales los judíos se habían enemistado con los samaritamos; él destaca actitudes.

Quién es ejemplo de cercanía? El que es capaz de tender la mano… El que deja a un lado sus propias seguridades y se aventura a «ser pueblo» como dice el papa Francisco. Si, es cercana la persona menos esperada:

  • La que se «descentra»…
  • La que se «abaja»…
  • La que «primerea»…

«Ve, y procede tú de la misma manera».

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Pensando la Creación

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Los relatos sobre el Creación del mundo ponen al lector frente a una gran diversidad de temas y cuestiones. Muchas veces, esos relatos, conocidos en la infancia o en la adolescencia, no son resignificados al llegar a la juventud y comienzan a perder importancia. Muchos jóvenes se preguntan: ¿podemos confiar en ellos? ¿No resultan más verosímiles otras explicaciones, como el big bang o la teoría de la evolución? Así, en la mente y el corazón de muchas personas comienza a haber poco lugar para la fe. ¿Qué hacer, entonces, frente a estos relatos? ¿Cómo presentarlos para que el lector del siglo XXI pueda alcanzar a descubrir el sentido espiritual que estos escritos encierran y gustar de su verdad salvadora?

Quisiera proponer, para comenzar, una breve escena de la película “La vida de Pi”. Pi (Piscine Molitor Patel) es un joven indio con una fuerte inclinación a la vida de fe. Desde pequeño, manifiesta interés por la religiosidad de su pueblo (hinduismo) y, luego, por la fe cristiana y el islam. En viaje con su familia, experimentará una honda situación límite que pondrá a prueba su valor y su confianza en Dios. “La vida de Pi” es una suerte de parábola que invita a descubrir una realidad más profunda e intensa: lo que se oculta detrás de los acontecimientos en una relectura de fe de la propia existencia.

En la escena que quisiera comentar, Pi es confrontado por su padre Santosh y su hermano Ravi acerca de su búsqueda religiosa; por el contrario, su madre, Gita, lo comprende y defiende. El diálogo es el siguiente:

– Es joven, Santosh. Todavía está buscando el camino – dice su madre.

– Y, ¿cómo va a encontrar su camino, si no elige uno? Escucha, en lugar de saltar de una religión a la siguiente, por qué no comenzar con la lógica. En unos pocos cientos de años, la ciencia nos ha hecho entender el universo, mucho más que la religión ha podido en miles de años.

– Es cierto. Tu padre tiene razón – afirma Gita. La ciencia puede enseñarnos más sobre que hay allá afuera. Pero no lo que hay aquí adentro.

– Sí – responde Santosh. Algunos comen carne, otros vegetales. Yo no espero que todos estemos de acuerdo en todo, pero prefiero que te hagan creer en algo con lo que no estoy de acuerdo, en vez de aceptar todo ciegamente. Y eso se empieza pensando racionalmente. ¿Entiendes?

– Quiero ser bautizado – afirma Pi.

“La ciencia nos ha hecho entender el universo, mucho más que la religión ha podido en miles de años. Probablemente el padre del joven Pi no alcance a entender la búsqueda espiritual de su hijo y por esta razón expresa la frase en cuestión. ¿Es misión de la fe hacernos comprender el funcionamiento del universo? ¿Nos acercamos a la Escritura buscando desentrañar el proceso por el cual la materia es ordenada y sostenida por una serie de leyes que le otorgan coherencia? La búsqueda de Pi y la de todo hombre de fe, es otra: comprender el sentido del universo, cómo se orienta a una mayor plenitud, el camino recorrido para alcanzar su perfección, el puesto del hombre en el cosmos, el sentido de la vida y del sufrimiento humano… la salvación. La búsqueda de la verdad salvadora.

Por el contrario, la ciencia es el esfuerzo humano en comprender cómo sucedieron las cosas: cómo se formó el universo, por qué leyes está regido, cómo se transforma a la vez que se expande constantemente. Conclusiones a las que llegará la ciencia aplicando modelos experimentales.

Resulta importante, al momento de acercarnos a los relatos de la creación del mundo y de la humanidad, preguntarnos si vamos a la Escritura como hombres de fe o si nuestra intención parte de motivaciones históricas, literarias o científicas. Si nos acercamos a la Biblia en busca de datos específicos enmarcados en una disciplina, corremos el riesgo de perder de vista el sentido pleno (espiritual) que, las palabras de la Biblia, buscan comunicar: la verdad de un Dios que obra por amor, que es misericordia y que nos ofrece vida y amor en abundancia.

Pero, el conocimiento del contexto histórico, cultural y social en el que fueron escritos los textos, nos permiten alcanzar una cabal comprensión de los mismos. Así descubrimos que los hagiógrafos tienen en cuenta todos los saberes de su tiempo (y entorno) disponibles para comunicar la verdad que el Espíritu Santo les inspiró.

La lectura de Génesis 1 ha de estar acompañada de una serie de elementos que permitan entrar en el tiempo de composición del relato para, luego, dejar que hable a la realidad del hombre que, hoy, se acerca al texto.

Sabemos que Génesis 1 es posterior a Génesis 2. Escrito durante el siglo VI aC, fuera de la tierra prometida (¿en Babilonia?) por un grupo de sacerdotes que buscaban mantener la fe de Israel en tiempos del exilio. Haciendo una relectura de las peripecias del pueblo elegido, los hagiógrafos buscaron reafirmar la fe en un único Dios, recordando que toda la realidad creada está bajo su dominio y que ésta es buena.

Se trata de un poema o un himno, compuesto en orden al número siete (en la Biblia, la plenitud) que destaca la acción de Dios que ordena y pone en funcionamiento el universo y lo sostiene con su gracia y bendición.

En el himno se percibe, claramente, el esfuerzo de los autores de explicar cómo Dios ordena el tiempo y el espacio. Siete días, una semana de trabajo, la unidad de tiempo básica para todo israelita. El tiempo se orienta hacia su plenitud que es el séptimo día: día de reposo, de descanso, prefigura del descanso definitivo de toda la humanidad en Dios. El espacio, comprendido como cielo, tierra y mar. El cielo, “trono de Dios”; la tierra, espacio reservado a los hombres. La relación entre la humanidad y la tierra se expresará más claramente en Génesis 2.

En el segundo capítulo, nos encontramos frente a una leyenda popular. Escrita en el siglo X, Dios aparece, aquí, como un gran artesano/alfarero que modela el mundo y a la pareja humana, quienes son responsables de continuar su obra creadora. El hombre surge de la tierra y a ella volverá.

Como habitante de la tierra, el hombre y la mujer son el uno para el otro. De la misma dignidad, de la misma condición; creados para la plenitud.

El texto nos recuerda la responsabilidad del hombre en el cuidado de la creación y en su propia caída, que lo pone de cara ante el pecado y la muerte. Por tanto, Génesis 3 es, también, explicación de cómo entró el mal en el mundo: por la soberbia de la humanidad de querer erigir su destino al margen del Creador.

Los relatos de los tres primeros capítulos del libro del Génesis nos permiten adentrarnos en el sentido de la realidad creada. Crear es llevar a la existencia en plenitud. Dios continúa creando ya que sostiene, con las leyes propias que rigen al mundo y su gracia y bendición, a un universo en expansión. Podemos hablar, entonces, de una creación evolutiva.

Las afirmaciones de la Biblia no entran en contradicción con lo que nos propone la ciencia. Mientras que el saber científico pretende desentrañar cómo se formó el universo y a partir de qué leyes se ordena; las Escrituras nos proponen conocer el sentido del universo que habitamos.

La obra creada es buena y bella, es obra del amor. Dios da el ser a todo lo que existe. Por su voluntad, proyecto de vida y amor, lleva a todas las cosas a la existencia: el cosmos se impone al caos por acción de su Palabra que crea y ordena.  Al llegar la plenitud de los tiempos, la Palabra se hará carne para que podamos contemplar el rostro del Creador.

Si quieres recibir esta presentación por correo electrónico, escribe a garegnanipablo@gmail.com

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Identidad y pobreza

Zorros

Al olor del hogar (Ariel Prat)

Mi casa era un abrazo con aromas,
afuera el mar oleaba en adoquines,
por suerte había chapas que, en la siesta,
hacían que llover o fuera triste…

Y hablo de mi casa, nunca nuestra,
mudándonos de barrio, sin opciones,
a la hora de movernos, ¡qué increíble
imaginar un mundo en los camiones!…

La casa, ningún living, de una pieza,
de los despertadores tan temidos,
soñando que, tal vez, quizá no suene
para ir a mi otra escuela de bandidos…

Jamás podré elogiar a mi pobreza,
tan sólo es el cristal de mi pasado,
que suena, como copa, en esta noche
y abraza con su vino destapado…

Mi hermano heredándome la pilcha,
aquella que vistió también a un primo,
así fue que aprendimos el secreto
de compartir los parches y el camino…

El carnaval y el tango fueron cuna,
mi vieja me cantó «Duerme, negrito»,
y en mi segundo hogar, el Gallinero,
mi viejo me soñó como Angelito…

“Al olor del hogar” es una canción que logra magníficamente describir la sensación que provocan los aromas, la nostalgia y la memoria. O dicho de otra manera, recuperar, a través del olfato, la condición del ser niño, la ternura de un tiempo vivido entre ollas y sartenes, entre jardines y floreros, la eterna mudanza como estilo de vida, aprendiendo a situarse y adaptarse a nuevos barrios y realidades.

 El autor de “Al olor del hogar” se encarga de aclarar que no elogia la pobreza vivida, pero ésta es parte de su vida; tan importante, que se constituye en “cristal de su pasado” con el cual poder observar / analizar / recuperar en la memoria los rasgos característicos de un tiempo noble que lo modeló, que le dio identidad, que lo configuró como persona en un aprendizaje conjunto, donde, conjugar el verbo “compartir” era moneda corriente.

En el recuerdo no hay vergüenza, hay honor y dignidad. La pobreza y, en ella, la sencillez, el compartir los bienes, la austeridad, la sobriedad, son rasgos de su identidad. Se reconocen y se valoran.

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Lc 9, 58

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Diálogo joven

Gracia

Hoy, una alumna me confió: «Me parece que todo lo que hago es insuficiente para terminar de agradar a Dios». Pensamiento sincero de joven que busca transitar el camino del evangelio con la típica exigencia (¡a todo o nada!) que tienen los jóvenes.

Traté de ensayar una respuesta. Recordé las palabras de San Juan XXIII que, años atrás, había leído en «Diario del alma», su diario personal. Poco tiempo antes de su regreso a la Casa del Padre, Juan XXIII escribió: «La santidad: todavía estoy lejos de alcanzarla». Sonreímos juntos por la respuesta del «Papa bueno» y le dije: «Creo que siempre estamos en esa situación: el amor de Dios es muy grande y nuestras obras, siempre insuficientes. Pero hay que perseverar, esa es la clave…».

Me pidió que le recomendara algunas citas para leer. La primera que recordé es 2 Cor 12, 8-10:

«Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

«Cuando soy débil, entonces soy fuerte». Es una buena oración para rezar en el día a día… ante cada desafío, dificultad, obstáculo manifestar la confianza plena en Dios: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte porque tú, Señor, me acompañas, impulsas y animas. Sí, Señor, me sostienes…».

Si uno aprende a recostarse en la fe no pondrá el acento en aquello que le falta, aprenderá a dar gracias a Dios por lo que tiene y se proyectará en la búsqueda de aquello que le permita acercarse a la plenitud. Allí, le recordé las palabras que un sacerdote me había dicho años atrás: «No importa tanto lo que hemos hecho, sino lo que vamos a hacer».

La segunda lectura propuesta fue del profeta Jeremías (18, 1-6):

«Palabra que llegó a Jeremías de parte del Señor, en estos términos: «Baja ahora mismo al taller del alfarero, y allí te haré oír mis palabras». Yo bajé al taller del alfarero, mientras el trabajaba en el torno. Y cuando la vasija que estaba haciendo le salía mal, como suele pasar con la arcilla en manos del alfarero, él volvía a hacer otra, según le parecía mejor. Entonces la palabra del Señor me llego en estos términos: ¿No puedo yo tratarlos a ustedes, casa de Israel, como ese alfarero? -oráculo del Señor-. Sí, como la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel».

El texto no necesita mucha interpretación. «Dejarse modelar», dijo ella. Si, basta que uno aprenda a ser arcilla blanda y confiar… Dios sabe lo que hace. Pero, esa confianza, debe darse a partir de una relación cercana con Dios. Relación de amistad que procura…

Abrir el corazón a la luz de la Palabra.
Confiar en Dios, dulce alfarero.
Dejarse moldear para que desaparezcan impurezas e imperfecciones…
Dejarse amar…

Allí terminamos nuestro diálogo. Cuando se fue recordé la canción de Eduardo Meana, «El barro que amo».

Yo sí que te conozco:
Tu vida está en mis manos…
Sos el barro que formo,
vos sos el barro que amo.
(…)

Déjame que te sople mi Aliento…
Déjame modelarte a mi imagen…
Déjame darte una forma nueva…
Deja a tu Alfarero que trabaje…
(…)

Y tenele paciencia a tu barro…
Y tenele confianza a mis tiempos…
Y mirá cómo ejerzo este oficio…
Y volvete también alfarero…

¿Es suficiente lo que hacemos en nuestra vida cristiana? La respuesta es, ciertamente, no. Pero, en verdad, importa la convicción de que Dios, como peregrino en la tierra, camina a nuestro lado, está atento a nuestra realidad, nos anima y reconforta… Es el Dios alfarero que nos propone dejarnos modelar y transformarnos, nosotros, en alfareros…

¡Qué lindo cuando un joven se acerca y nos hace estas preguntas! Bella oportunidad para dejar que Dios nos hable e ilumine con su Palabra. A los dos…

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Partir el pan

Pan
Ilustración: Goyo

Jesús parte el pan… son varios los textos evangélicos que utilizan esta expresión (como el de este domingo). Partir el pan indica la irrenunciable vocación de hacer de esta tierra una tierra de comunión, donde la alegría mesiánica se expresa en la mesa compartida, «en el vino que alegra y el pan que reconforta».

Partir el pan indica un «aprender a dar y aprender a darse». El gesto, propio de Jesús, es revolucionario porque pone a las cosas (bienes materiales y también los espirituales) en situación de ser compartidos. Al partir el pan, Jesús nos recuerda que el Creador ha hecho la tierra para todos y, como antiguamente alimentó al pueblo hebreo con el maná, hoy nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre: «pan de vida y cáliz de salvación». Pero, también, es el propio Cristo quien se ofrece, se brinda, se entrega, se regala… así se hace efectiva la comunión, en la oblatividad del amor que, no sólo comparte los bienes, también se comparte… Un hermoso programa para nuestro tiempo.

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Montessori y la Eucaristía

María Montessori es mundialmente conocida por sus enormes aportes a la pedagogía, de manera particular, el conocido método destinado a la educación de niños que lleva su nombre. En sus innumerables obras, hubo, también, lugar para la fe. En La chiamata, obra pedagógica de carácter religioso, afirmó sobre la Eucaristía:

La Santa Misa no es solo un memorial. Así puede parecerle solo a quien no penetra en los misterios. Entonces sí, puede parecer un rito que se realiza para recordar a Jesucristo que está muerto; desaparecido de la tierra como hombre vivo. Ese es el recuerdo: la imagen de Jesús crucificado es como un signo siempre presente en el centro de la mesa: y alrededor arden cirios encendidos. Parece justamente un piadoso recuerdo de su muerte.

Pero no se trata de una cosa tan simple.

No asistimos a la misa tan solo para conmemorar la Pasión de Cristo y realizar un acto piadoso, un deber perpetuo.

Allí no hay muerte.

Aquella muerte es vida.

En la misa se esconde un misterio profundo: algo sobrenatural, sorprendente, ¡un milagro sin igual! En cierto momento Jesús desciende vivo sobre el altar; es invisible, pero está realmente presente: porque su cuerpo, su sangre, su divinidad se transforman en el pan y en el vino.

Viene por nosotros.

Cuando vamos a misa no vamos a conmemorar a Jesús: vamos a reunirnos con él, ¡a recibirlo!

Cristo está presente y vivo, y no nos abandonará nunca.

Este es nuestro consuelo, nuestra esperanza, incluso nuestra fe: este es el milagroso misterio de la misa.

No somos huérfanos, no estamos solos sobre la tierra: Jesús nunca nos abandonó cuando subió a los cielos; y lo dijo: «No os dejaré huérfanos».

Sí; al salir de la Santa Misa podemos gritar como la Magdalena consolada: «¡Está vivo! ¡Le he hablado!».

Fuente: http://www.religiónenlibertad.com

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Canción eucarística

Memorial. Sacrificio. Banquete. Anuncio. Impulso evangelizador. Todas estas palabras sintetizan la importancia de la Eucaristía que, hoy, podemos explicar en una vieja canción: «Jesucristo, danos de este pan».

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La Eucaristía en un campo de concentración

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Cardenal Francois-Xavier Nguyen Van Thuan

Revista Id y Evangelizad nº 42, febrero 2005

«Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuanto me vieron, me preguntaron: ¿Ha podido celebrar la Santa misa?

En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51). (…)

Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida.

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:

–¿Le duele el estómago?

–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!  (…)

Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación. Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.

En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa. (…)

Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.

En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos. (…)

Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la misma realidad, esta comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos llamados a dar al mundo el espectáculo de comunidades donde se tenga en común no sólo la fe, sino que se compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades espirituales y materiales.

El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de la justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia. Urge testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente carne para la vida del mundo.

Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar, muchas personas que sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no hallar en el ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a falsas esperanzas. (…)

En nuestros días el problema social no ha disminuido en absoluto. Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue viviendo en la miseria más inhumana. Se está caminando hacia la globalización en todos los campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas. Falta un auténtico principio unificador, que una, valorando y no masificando a las personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad universal: Cristo, pan eucarístico que nos hace uno en él y nos enseña a vivir según un estilo eucarístico de comunión. (…)

Pero la función social de la Eucaristía va más allá. Es necesario que la Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de cambiar las estructuras injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas económicos donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho. (…)

Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan que muchos necesitamos todavía:

el pan de la justicia y de la paz, allá donde la guerra amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los pueblos;

el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una justa libertad religiosa para profesar abiertamente la propia fe;

el pan de la fraternidad, donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión universal en la paz y en la concordia;

el pan de la unidad entre los cristianos, aún divididos, en camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz».

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