
Ser agradecido es una virtud. Sin duda, aprendemos a ser agradecidos en la medida en que tomamos conciencia del enorme valor del otro en nuestras vidas. Claro, hay cosas o situaciones que, por su envergadura, difícilmente podemos equiparar a la hora de pensar en una retribución… ¿Cómo retribuir a nuestros padres por la vida recibida? Cierto que, alguien, podría contestar: «Bien, retribuimos en la medida en que honramos nuestra vida…». Suena interesante, pero, creo, el nudo no está por allí, porque los dones entregados se ofrecen desde un total desprendimiento de sí y no reclaman (ni necesitan) de retribución… Se entregan y se viven con intensidad… Por ello, ante un favor o un don recibido, no se devuelven, pero se agradecen. ¿Por qué? Porque el agradecimiento es una sencilla muestra de que el cariño, el respeto o el amor que movilizaron la acción ha llegado al corazón y ha dado lugar a una transformación.
Esto que describimos, sucedió con el leproso samaritano. La bondad de Jesús llegó a su corazón y esa bondad inició en él una profunda transformación. ¿En los otros? Hubo un obstáculo, una cerrazón… para ellos habrá que esperar una nueva oportunidad. Mientras tantos, sigamos la huella del samaritano… ¿a quién tenés que decir «gracias», hoy?
Si querés escuchar una canción inspirada en este pasaje del Evangelio de Lucas (17, 11-19), seguí el enlace… Gracias, Señor
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