Brillar

Luz

Nos es el brillo de una estrella, ni de acciones que deslumbran por su espectacularidad… brillar es emitir una señal, como el incesante latido del corazón que marca el compás de la vida, brillar es emitir una luz que contrasta con el entorno…

El brillo que nos propone Jesús es el de una vida coherente. No es el de grandes lecciones de moralidad, es la luz que brota de un corazón que se ha dejado tocar por el amor, descubriendo que otro estilo de vida es posible. Y, por ello, brilla. Brilla porque no se enceguece con posesiones, ni se deja seducir por el poder ni se concibe centro del mundo… brilla porque descubre que en el encuentro con el otro (que es otro Cristo) está la felicidad y por eso anhela que otros lo puedan experimentar: es el amor de Dios.

Sal y Luz

(Maxi Larghi)

Luz del mundo deja de ocultarte en lo profundo
Sal de la tierra,
Cuida tu sabor nunca lo pierdas.

Anuncia la palabra,
con obras es tú vida la que habla
Ayuda a tus hermanos,
Que el mundo necesita de tus manos.

Sal y luz, luz y sal.
Mezclado entre la gente esta Jesús en la ciudad
Mostrará la verdad,
No habrá noche en tu vida será siempre un despertar.

Luz, si tu iluminas,
No puede ocultarse la ciudad sobre la cima
Sal excelente,
Mirando hacia el cielo, con los pies en el presente.
Y aunque quizás tropieces, no olvides que Jesús cayó tres veces
Levántate y camina, que con tu andar el mundo se ilumina

Sal y luz, luz y sal.
Mezclado entre la gente esta Jesús en la ciudad
Mostrará la verdad,
No habrá noche en tu vida será siempre un despertar.

Si al cielo caminas tu amor ilumina,
Si al cielo caminas tu amor ilumina.

“Me has hablado en mil canciones”. Mil canciones para dialogar, reflexionar y rezar… podés buscarlas en el menú “Cinco panes”.

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El profeta Isaías

 

Isaías

Isaías es uno de los protagonistas del Adviento. A tal punto que, san Jerónimo lo llamaba «el evangelista del Antiguo Testamento» ya que es quien con mayor claridad anuncia la persona de Jesús, tanto en orden a la Navidad (al hablarnos del Emmanuel) como a la Pascua (al presentarnos al Servidor sufriente).

El profeta Isaías vivió 700 años antes de Cristo. En su libro, nos propone una serie de signos que sirven de guía para nuestra vida de fe. En orden al Adviento, quisiera destacar cuatro de ellos: el camino, la luz, la joven, la montaña.

Resulta para todos muy clara la comparación de la vida humana con un camino. Vivir es transitar una senda. Hay un punto de partida y, también, de llegada. El profeta nos invita a «allanar el camino» (40, 3), esto es, examinar por dónde estamos transitando. Los caminos de la vida son diversos, muchos sencillos, otros escarpados… cada tramo del camino tiene una exigencia propia… no todo camino conduce a la felicidad, al encuentro con Dios. Por eso, el profeta nos habla de un camino santo (35, 8), el camino de la esperanza: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando. ¿No se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto» Is 43, 19

El segundo de los signos es la luz. Isaías es quien afirma: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz» (9, 1). El camino que propone el profeta es un camino luminoso, es el camino de la verdad, por ello comienza su libro diciendo: «Caminemos a la luz del Señor» (2, 5). En la oscuridad (el miedo, las frustraciones, el error, el invididualismo) se alza, como un faro, una señal de esperanza…

En el camino, guiados por la luz del Señor, emerge otro signo. Si la luz engendra la confianza y aplaca los miedos, este signo da lugar a la esperanza: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel» (7, 14). Es el signo de la vida, que siempre se impone, la que engendra nuestra esperanza. Es imposible no relacionar con estos textos con el prólogo del Evangelio de Juan, cuando afirma:  «En ella (la Palabra) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).

Finalmente, la montaña es el lugar del encuentro del hombre con Dios. Isaías nos regala la imagen del monte santo donde se concretará el encuentro de todos los pueblos en comunión con su Creador. Así, nos revela el sueño de Dios: hemos salido de él y nos encontraremos en la santa montaña para vivir la fraternidad universal.

El camino, la luz, la joven embarazada y la montaña. Signos que nos ayudan a reflexionar y vivir el Adviento camino a la Navidad de la mano del profeta que con mayor claridad nos habló de la llegada de nuestra esperanza: Dios con nosotros!!!

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Corona de Adviento

Adviento

La Corona de Adviento no es sólo un adorno que puede acompañar a los muchos otros que visten los hogares en el camino hacia la Navidad. La Corona es un signo que puede ayudarnos a preparar el corazón y celebrar la Navidad junto a su principal protagonista: Jesús.

“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz” (9, 1). Así nos habla el profeta Isaías, invitándonos a poner nuestra mirada en el pesebre y en la “luz del mundo” que viene a nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios. La Corona de Adviento nos permite trabajar, espiritual y simbólicamente, esta verdad de la Navidad, encendiendo, domingo a domingo del Adviento, una vela hasta llegar a la celebración del 25 de diciembre, el nacimiento de Jesús, “luz del mundo”.

La Corona de Adviento es una oportunidad de reunir a la familia para orar y reflexionar en torno al misterio de la encarnación. La propuesta que aquí se realiza es muy sencilla, basta disponer cuatro velas, una por cada domingo del Adviento y detenerse unos instantes en torno al libro del profeta Isaías, de manera particular, al símbolo de la luz, muy presente en este tiempo. También, se puede disponer de una quinta vela para encender en la Nochebuena.

 

Primer Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Si, como anuncia el profeta, nosotros, familia reunida, queremos preparar la venida de Jesús a nuestro hogar. Queremos que la Navidad sea una Navidad en Jesús, por eso, Señor, nos reunimos frente al Pesebre y la Corona de Adviento y encendemos la primera vela.
Lectura del libro del profeta Isaías:
“¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén, la palabra del Señor. El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob. y caminemos a la luz del Señor!” (2, 3-5).

Señor, queremos caminar en la luz, si. Son muchas las oscuridades que nos acechan, vemos día a día como los hombres se alejan de Ti cayendo en la oscuridad del dolor, de los vicios, del desencuentro, de la violencia, del poder… Creemos firmemente que vienes a traernos tu luz, que vienes a poner fin a la tristeza y encender en los corazones de la humanidad, la alegría de tu presencia.

A cada oración, respondemos: “Caminemos a la luz del Señor”.

  • Prepara nuestros corazones para recibirte…
  • Que podamos abrir las puertas de nuestro hogar…
  • Que por nuestras acciones podamos ser luz para los demás…
  • Signos de tu presencia en el mundo…
  • Haznos vivir una Navidad al modo de Jesús…

Nos ponemos al amparo de tu Madre, Nuestra Señora de la Esperanza, diciendo: “Dios te salve, María”.

Segundo Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Nuevamente nos reunimos, Señor, en tu presencia. Te damos gracias por la vida que nos regalas. Seguimos caminando hacia la luz, por ello, encendemos la segunda vela de esta corona.

Lectura del libro del profeta Isaías:

“Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel “ (7, 14).

“Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. El dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra» (49, 5-6).

Señor, nos has regalado un signo: la vida, tu vida, nuestra propia vida. ¡Qué regalo inmenso el despertar cada mañana para alabarte y sentir la llamada a una vida en abundancia! Gracias por hacernos valiosos, por ayudarnos a reconocer que toda vida vale. Gracias porque nos haces partícipes de la misión de tu Hijo Jesús: llevar la salvación a todos los hombres.

A cada oración, respondemos: “Somos valiosos a los ojos del Señor”.

  • Porque cada vida es don de Dios, descubrimos que…
  • Porque toda vida vale, decimos…
  • Porque la vida es don y tarea, anunciamos…
  • Porque somos una misión en la tierra…

Saludamos a la Madre de la Dulce Espera, que lleva el signo de nuestra Salvación: Dios te salve, María.

Tercer Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Caminamos hacia la luz descubriendo cuánto valemos para ti, Señor. Seguimos haciendo nuestro Adviento, por eso encendemos la tercera vela de esta corona.
Lectura del libro del profeta Isaías:
“Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía” (58, 6-10).

Señor, tú te preparas para nacer en el silencio, lejos de las luces y el ruido, lejos del consumismo y de la cultura del tener. En el pesebre hay silencio… silencio de un corazón que ha venido preparándose para recibirte en sus brazos, para recibir tu solidaridad, tu entrega amorosa, tu querer compartir la vida con toda la humanidad…

Señor, que este tiempo nos transforme: que nuestro corazón se convierta a la sencillez y la humildad del pesebre. Que entendamos que la Navidad es solidaridad, justicia y paz.

A cada oración, respondemos: “Este es el ayuno que amo”.

  • Danos un nuevo corazón, capaz de abrirse a los demás…
  • Un corazón generoso, que sepa compartir…
  • Compromete nuestras manos en la lucha por la justicia…
  • Haz que seamos en nuestra familia instrumentos de tu paz…

Madre de los Pobres, reza con nosotros: Dios te salve, María…

Cuarto Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Llegamos a la cuarta semana del Adviento. Hemos querido preparar el corazón y nuestro hogar para recibirte. Hoy, demos un paso más y encendemos la cuarta vela de esta corona.

Lectura del libro del profeta Isaías:

“¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. El sol ya no será tu luz durante el día, ni la claridad de la luna te alumbrará de noche: el Señor será para ti una luz eterna y tu Dios será tu esplendor. Tu sol no se pondrá nunca más y tu luna no desaparecerá, porque el Señor será para ti una luz eterna y se habrán cumplido los días de tu duelo” (60, 1-2.19-20).
Señor, sabemos que quieres habitar en nuestros corazones. Durante estas semanas, hemos preparado el corazón para recibirte, la Navidad está cerca y queremos celebrarla a tu modo. Enciende en nosotros, Señor, la llama de la caridad, pues sólo así entendemos la Navidad: el encuentro amoroso entre Dios y la humanidad. Ven a nosotros, Señor. Ven a transformar nuestras vidas. Ven y cumple tu promesa, habita entre nosotros…

La Corona en la Nochebuena

Llegamos a la noche esperada. La corona de Adviento nos ha servido de guía, signo que nos ha permitido reunirnos en familia, abrir el corazón, escuchar tu Palabra, disponernos a la llegada de Jesús.

Encendemos las cuatro velas de la Corona de Adviento y, luego, la quinta que está en el centro…

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto” (9, 5-6).

Esta es la noche esperada, Señor. Ven, hoy, a nuestras vidas. Ven a nacer en nuestro hogar. Queremos que seas la luz que guíe nuestras acciones. Al encender las luces de esta corona, nos comprometemos a ser luz para los demás: desde el afecto, la cercanía, el consejo, la oración…

A cada intención, respondemos: “Un niño nos ha nacido”.

  • Para vivir en la presencia de Dios…
  • Para crecer en el amor y la unidad…
  • Para construir un Reino de Justicia y Paz…
  • Para anunciar el valor de la vida…

Con alegría, saludamos a nuestras Madre, Nuestra Señora de Belén, diciendo: Dios te salve, María…

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