Humildad

Humildad 2

En el Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo C) se nos invita a reflexionar sobre la parábola del Fariseo y del Publicano, una de las parábolas de la misericordia de Dios.

Hay en el relato una breve tensión producida por la oración que moviliza al fariseo que, orgulloso de sus logros y de su fidelidad, espera el reconocimiento de Dios. Es cierto que, como buen fariseo, ha cumplido con todo aquello que indicaba la ley, pero, la vanidad lo lleva a considerarse superior frente a un hombre que, sintiéndose miserable, clama por misericordia y perdón. ¿Por qué nos ofende tanto el error del otro? ¿Por qué esa búsqueda de justificación comparándonos con los demás y sus actitudes? Ser obedientes y respetuosos de las prácticas religiosas, ¿no debería llevarnos a vivir la humildad de quien experimenta la misericordia y el perdón de Dios?

Si querés escuchar canciones inspiradas en este pasaje del Evangelio de Lucas (18, 9-14), seguí el enlace… Dos hombres subieron a orar

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Dos hombres subieron a orar

Diapositiva1

Estas dos canciones, preparadas para la catequesis con niños, nos introducen en el mensaje de Jesús. La primera, «Una tarde allá en el templo» del padre Néstor Gallego (de la obra «Diez parábolas de Jesús» de Signo producciones. La otra, «El fariseo y el publicano» de Valivan, los creadores de «La casita sobre la roca», programa de EWTN. A continuación las letras y los enlaces a YouTube correspondientes.

Una tarde allá en el templo

Padre Néstor Gallego

Una tarde allá en el templo se acercaron a rezar

publicano y fariseo. ¡Qué distinto, ya verás!

El primero cabizbajo no sabía qué decir,

y el segundo no hacía más que presumir.

 

«Señor mío te agradezco por no ser un hombre más,

que adultera, que es injusto y hasta roba por robar.

Pago el diezmo y hago ayuno. Tu lo sabes por demás,

no como ese publicano de ahí atrás.

 

Manteniéndose a distancia con temor y con temblor

se escuchaba al publicano repitiendo su oración:

«Ten piedad de mi Señor, porque soy un pecador»

y llorando le pedía a Dios perdón.

 

No desprecies a ninguno ni te sientas el mejor,

como el viejo fariseo, a quien su orgullo traicionó.

Busca siempre ser humilde como fue aquel pecador,

que al humilde Dios lo ensalza con amor.

 

El fariseo y el publicano

La Casita sobre la roca

Jaime Olguín Mesina – Iván Olguín Pisani

 

Va caminando un fariseo hacia el templo

para rezar al Dios del cielo, como es su obligación.

Mientras camina piensa para sus adentros

que es un hombre superior:

 

“Gracias, Señor, porque me has hecho tan perfecto

pues hago ayuno, doy limosna, pago el diezmo con rigor.

Soy muy correcto y cumplo todos los preceptos.

Si me comparo, soy mejor.

 

Yo no soy, Señor como son los otros hombres,

que injustos son y también estafadores, mentirosos y ladrones”.

 

Rezaba junto al fariseo un publicano

sin atreverse a levantar los ojos por la humillación.

Con gran pudor cubría el rostro con sus manos

y así decía en su oración:

 

“Oh, mi Señor, soy pecador,

yo no merezco que me perdones,

pero te suplico, dame tu perdón.

Quisiera ser un hombre bueno mas no puedo.

Oh, mi Señor, ten compasión”.

 

El buen Dios oyó la oración del publicano y se conmovió.

Viéndole tan humillado perdonó su gran pecado.

 

Le perdonó y olvidó todos sus delitos. Compadecido los borró.

Después le dio su bendición. Vertió su gracia desde el cielo

y lo bendijo y al fariseo ignoró.

 

Porque el Señor alza a los que se humillan

y da humillación a los orgullosos que se creen muy virtuosos.

A esos no los escuchó.

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