
Fragmento de la reflexión del Cardenal Eduardo Pironio en la ciudad de Mar del Plata, en el año 1974, durante la Semana Santa (martes santo) sobre el evangelio de Lc 24, 13-35: el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús.
«Así es la actuación de los discípulos: primero pesimistas, solidarios en el pesimismo, es decir, que se van contagiando el pesimismo mutuamente, pero que al final sienten, una vez descubierto Jesús, la necesidad de llevar la Pascua, la luz, la resurrección, la felicidad, la vida.Pero pensemos ahora en la actitud de Jesús. Descubrimos tres actitudes en Él para hacer renacer la esperanza en el corazón de los dos discípulos cansados.La primera es una actitud muy sencilla, muy normal, diríamos muy habitual en nosotros. Jesús se acercó a ellos y se puso a hacer el camino con ellos. Es una actitud muy común. Lo que no es común es hacer el camino de tal manera que nos interesemos profundamente del otro. Vamos por la calle haciendo el camino con los demás, caminando codo con codo, pero ignorándonos totalmente. Nos ignoramos mutuamente en nuestra realidad más profunda. Algo así como cuando viajamos en el tren o en el ómnibus y somos muchos los que viajamos, estamos muy juntos, tan juntos que nos pisamos el pie, pero no nos reconocemos en los problemas.
Jesús se puso a caminar con ellos, pero ponerse a caminar con ellos, que es un gesto así común,normal, es un gesto diríamos corriente, significaba para Jesús algo muy especial, significaba penetrar en el misterio de aquellos dos hombres, significaba interiorizarse y hacer suyos sus problemas. Por eso el Señor se acercó y les preguntó: “¿De qué van hablando en el camino y por qué están tristes?”. Es decir, no basta ir haciendo el camino con los demás. De tal manera hay que ir haciéndolo que nosotros interpretemos un poco o descubramos mejor y hagamos nuestro el sufrimiento, el dolor, la cruz, la inquietud, de los hermanos.
¡Qué bien haríamos a nuestros hermanos que sufren, que viven envueltos en el pesimismo, en el desaliento, en el cansancio, si nos acercáramos a ellos y les hiciéramos saber que ellos nos interesan y que sus problemas nos duelen y que llegáramos a decirles: “¿Qué les pasa? ¿Por qué están tristes? ¿Qué es lo que los aflige?”. A veces sin necesidad de decirlo con palabras. Si nuestro gesto de acercamiento al hermano es sincero y fraterno, si nuestro acercamiento a un pobre, a uno que sufre, nace de un corazón verdaderamente evangélico y cristiano, se abre tanto el corazón de quien recibe la visita y nos escucha, que sin que le digamos palabras empieza a decir: “¿Cómo, tú eres el único que no sabes lo que me está pasando?”.
Una primera actitud es abrirse, acercarse al hermano que sufre. Y ese acercamiento al hermano que sufre es un ir entrando en comunión ya, es un entrar en comunidad. Es necesario abrir nuestro corazón a la inquietud, al sufrimiento, al dolor, a la cruz, al problema de los hermanos.
La segunda actitud: desde la Palabra, desde las Escrituras, Cristo interpreta la cruz: “Hombres duros de entendimiento, ¿no sabíais que esto tenía que ocurrir así? ¿Que el Hijo del hombre tenía que pasar todas estas cosas para entrar en la gloria?”. Y empezando desde Moisés, fue explicando todas las Escrituras que se referían a Él.
Cristo sencillamente, mientras iba caminando, les fue explicando la historia de la salvación, les fue explicando un poco el sentido de la cruz y cómo todo era normal, cómo todo eso que parecía absurdo, que parecía imposible, estaba muy bien planeado en Dios hasta en sus detalles. Les fue abriendo el sentido de las Escrituras. Entendieran ellos o no entendieran del todo, no importa.
Cristo les interpreta el dolor y la cruz, desde la esperanza, desde la Palabra, desde la Escritura, desde la fe. Y el corazón de ellos se van encendiendo. Lo dicen ellos al final. Se van encendiendo porque ven que no es simplemente una palabra aprendida, que es palabra saboreada, experimentada: ven que ese Señor, a quien ellos todavía no han descubierto, no les transmite un mensaje aprendido de memoria, sino que les va comunicando una experiencia real. En definitiva les va explicando su propia historia, les va contando su vida. Por eso sienten que su corazón se enardece.
Es una segunda actitud que nosotros tenemos que tomar con nuestros hermanos que viven en la oscuridad, en el sufrimiento: interpretar su dolor, su propio problema, su pobreza, su cruz, desde la Palabra de Dios, desde la fe. Pero no desde una palabra sabiamente aprendida, técnicamente memorizada. ¡Cuántas frases de la Escritura sabemos de memoria! ¡Cómo habremos aprendido el catecismo de una manera estupenda! No, no basta. Tenemos que hablar a los demás desde una experiencia de Dios, desde una experiencia de la cruz y en Dios. Únicamente aquél que ha experimentado a Dios adentro, aquél que ha mordido la cruz, puede hablarle a otro hermano, contarle quién es Dios y qué es la cruz. O sea, únicamente Jesús puede hablar de Jesús. Únicamente cuando nosotros nos dejemos invadir plenamente del Señor y cambiar adentro, la palabra no va a salir de nosotros como una doctrina sino como una vida, como un mensaje, como un testimonio.
¿Por qué hay sacerdotes–ustedes lo han experimentado en el confesionario o en el encuentro personal–o, sin ser sacerdotes, por qué hay personas que al decir una simple palabra lo iluminan todo y lo pacifican? Porque esa palabra más que una expresión es una vida, más que una doctrina es una Persona y esa Persona tiene un nombre y ese nombre es Cristo.
Entonces una segunda actitud con los que están así desalentados, pesimistas, tristes: desde la palabra de Dios meditada y saboreada adentro iluminar su cruz; ubicar la cruz en el plan de Dios.
La tercera actitud: partir el pan. Partir el pan es el símbolo de la Eucaristía y en la Eucaristía está Jesús que se da y que permanece. Los discípulos, cuando Cristo les parte el pan, enseguida lo reconocen. Y lo reconocen no por la manera material de partir el pan sino porque recuerdan la celebración litúrgica,recuerdan que partir el pan es la Eucaristía. Entonces dicen: “Este es Jesús”. El encuentro en la Eucaristía es signo de la donación de la vida. Entonces ellos se dicen: “Este es Aquél que se dio, Este es Aquél que se entregó”. Partir el pan es darse, es entregarse, Jesús que parte el pan. No hay más que uno que parte el pan,que se da y que se entrega de veras: ese es Cristo. Lo reconocen enseguida.
Esta es la tercera actitud nuestra: partir el pan. Partir el pan es entrar en comunión con los hermanos en la Eucaristía, es sentirnos Asamblea de Dios en la liturgia. Por eso la liturgia es tan esperanzada y tan fuente de esperanza para los cristianos. Pero partir el pan es entregarnos, dar nuestra amistad, nuestro amor,nuestro cariño, nuestra comprensión, dar todo lo que nosotros somos, podemos y valemos. Yo lo he repetido muchas veces: no hemos aprendido a amar, aun cuando hayamos dado todas las cosas, si no nos hemos dado a nosotros mismos. Darse en la sencillez de lo cotidiano, y no sólo en grandes solemnidades. Darse aun cuando nos cueste muchísimo sonreír. Pero sonreír no artificialmente y en superficialidad, sino con una sonrisa que nace de una comprensión muy honda y de la seguridad de que el Señor está. Es la sonrisa que nace adentro y es signo de que Dios está, de que Dios es amor, de que Dios nos comunica la paz.
Dar a los demás significa, cuando uno está cansado y no puede más,pensar de esta manera: “Sin embargo, hay alguien que puede menos que yo. Estoy enfermo y no doy más; ¿pero no tendré un poco de fuerza para salir e ir a visitar a alguien que está más enfermo que yo? Es que yo estoy viviendo un momento de cruz. ¿No será la manera para que adentro se me ilumine la esperanza acercarme a mi hermano, que también está desalentado, y decirle una palabra que lo aliente, que lo confirme en la esperanza?”. Eso es darnos, eso es partir el pan.
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