
Sin dudas, el relato de Lc 24, 13-35 es uno de los más conocidos en los evangelios. Ubicado en la liturgia en el tiempo pascual, pero presente todo el año acompañando jornadas de catequesis, de liturgia, de pastoral, retiros, convivencias, diversos momentos de oración… Es que Emaús atrapa por su dinamismo y por la tensión propia de cada momento.
Emaús simboliza el camino de la vida: aquel que transitamos cargando nuestras angustias y frustraciones, buscando una respuesta que de consuelo a nuestro dolor. En el tránsito, vamos aprendiendo a hacer relectura de la propia historia y encontrar, allí, las huellas del paso de Dios peregrino por nuestras vidas. Sí, Emaús nos enseña a reconocer a ese Dios que camina a nuestro lado.
Y es el camino en el que podemos escuchar esa Palabra que anima y fortalece, que interpela y moviliza; esa Palabra que «hace arder los corazones».
Emaús es camino compartido, presencia amiga y serena: «Quédate con nosotros». Presencia que reconforta. Por eso, podemos decir: «Sí, quédate con nosotros, peregrino. ¡Calma con tu presencia nuestras ansiedades! ¡Domina con tu sabiduría, nuestra tentación que querer controlarlo todo!»
Emaús es mesa compartida. Mesa fraterna de pan partido y ofrecido. Y allí, al calor del hogar, se abren los ojos para contemplar al amigo peregrino y caer en la cuenta que «había algo que impedía reconocerlo».
Emaús es envío, impulso misionero: el Pan y la Palabra transforman, exhortan, movilizan… la alegría del encuentro ha de compartirse. Otros, muchos, esperan un oído atento y una mesa fraterna. El Peregrino nos espera en el camino: ahora, para salir al encuentro de otros que necesitan, como nosotros de la presencia amiga…
…alegría para su tristeza
…consuelo para su dolor
…esperanza para su vida…
Somos peregrinos de la historia, en marcha a una mayor plenitud: en el camino la Palabra indica el sentido; en la mesa, el pan bendito anima y reconforta. Es hora de compartirlo!!!
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