
La realidad, siempre cambiante, nos interpela. Hoy, más que nunca, resuenen en nuestros oídos las palabras de Pedro: «Estén siempre dispuestos para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza» (1Ped 3, 15). La catequesis se encuentra frente a nuevas exigencias e interpelaciones, ¿qué acentuaciones debe tener en cuenta para acompañar a quienes desean profundizar su fe? Te comparto algunos pensamientos que descubro como importantes respecto a la catequesis en el tiempo que nos toca vivir. No es mi pretensión determinar cuáles son las características que ha de tener la educación en la fe, es sólo un ejercicio para abrir el diálogo y buscar, juntos, el camino.
En mi reflexión, he querido quedarme con estas palabras: catequesis integral, comunitaria, destinada (de manera especial) a los adultos, experiencias y de contenido, lúdica, alegre y mistagógica, que asume la pedagogía de la propuesta, dirigida a la vida, pensada y reflexionada comunitariamente.
- Catequesis integral: busca poner su atención en todas las dimensiones de la persona, acompañando su desarrollo y crecimiento en la fe.
San Juan Pablo II nos enseña en Ecclesia in America que «la catequesis es un proceso de formación en la fe, la esperanza y la caridad que informa la mente y toca el corazón, llevando a la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo».
«Informa la mente y toca el corazón». Habla a la inteligencia, estimula a profundizar y comprender las verdades de la fe, invita a dar «razón de la esperanza a todo aquel que la pida». También, habla al corazón, porque llama, permanentemente, a la conversión.
Una catequesis integral no olvida las siete dimensiones que, como forma del ministerio de la palabra, posee: personal (promueve el encuentro personal con Jesucristo), comunitaria (se vive en la Iglesia, reunida en torno a la Palabra), social (llama e invita a un compromiso en la transformación del mundo), Cristocéntrica (reconoce la centralidad de Jesús, el único maestro, Palabra viva de Dios), liberadora (comparte un mensaje de salvación que libera del pecado que oprime), existencial (habla a la vida, ilumina la realidad) y dinámica (no deja de crecer, aún cuando sus pasos sean pequeños).
- Considerar a la comunidad como fuente, lugar y meta de toda práctica catequística.
Es la comunidad eclesial la que catequiza. El catequista es el rostro visible de esa comunidad. Así, la comunidad de fe es la fuente, lugar y meta: de ella surge la acción evangelizadora, en ella se realiza y hacia ella (pertenencia) se encamina.
¡Qué importante es recordar que el catequista no obra por propia iniciativa, lo hace porque se le ha conferido una misión: anunciar el evangelio!
- El adulto ha de ser la meta de todo itinerario catequístico,
Para muchos, la catequesis se circunscribe al trabajo realizado con niños en orden a los sacramentos de iniciación, pero el objetivo prioritario ha de ser el adulto.
San Juan Pablo II nos decía en Catechesi Tradendae (n° 43) que la catequesis de adultos «es la forma principal de la catequesis porque está dirigida a las personas que tienen las mayores responsabilidades y la capacidad de vivir el mensaje cristiano bajo su forma plenamente desarrollada».
Es un interesante desafío, para la comunidad catequizadora, crear espacios donde los adultos puedan seguir enriqueciendo su fe, por medio de las diversas formas de catequesis, además del servicio (apostolado) que el adulto pueda prestar en la tarea misionera de la Iglesia.
- Catequesis que da por superada la tensión contenido-método.
Todavía, hoy, se habla de catequesis doctrinal y vivencial. Es preciso superar esa distinción que pesa en muchos catequistas y comunidades. Al respecto, el Instrumentum laboris del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, afirmó que era preciso «evitar la oposición entre catequesis experiencial y de contenido… la experiencia de fe es ya una apertura cognoscitiva a la verdad y el camino de interiorización de los contenidos de la fe conduce a un encuentro vital con Cristo. En esta circularidad original, la comunidad eclesial desempeña un rol insustituible de mediación (Instrumentum Laboris, 191).
La catequesis es un acto de comunicación que entraña un contenido. Éste ha de dirigirse a la realidad de los catequizandos. El método es una vía de acceso a la realidad (experiencia vital), posibilitando el encuentro entre la Palabra y la Vida, dando lugar a una Vida nueva.
- Catequesis de niños: fuertemente lúdica, alegre, mistagógica, que introduzca a los niños en los misterios de la fe de la mano de una sana visión de Dios, de la oración y la vida contemplativa/comunitaria.
Son muchos elementos, pero, el principal es que transmita una visión de Dios que responda a la revelada por Jesús: Dios que es Padre, nos ama y camina a nuestro lado, quiere que vivamos una vida feliz.
Para ello, es necesario que el ambiente catequístico sea alegre, signado por el juego, con actividades que provoquen el interés por descubrir el rostro de Dios.
La mistagogía, de la mano de la pedagogía del signo, deberá ir introduciendo lentamente al niño en el misterio de Dios. La oración de alabanza y de acción de gracias pueden marcar el rumbo.
- Catequesis de jóvenes signada por la pedagogía de la propuesta: que promueva la adhesión a Jesús, en una acción kerigmática permanente, por medio del encuentro, la reflexión, el conocimiento, la oración (lectio divina) y el servicio. El sacramento de la confirmación ha de estar en el centro de la catequesis juvenil.
Encuentro: que permite el diálogo y la experiencia desde la vida compartida en comunidad.
Reflexión y conocimiento: para dar razón de la esperanza, para dialogar con el mundo (que nos interpela, aún en nuestros fundamentos más importantes, por ejemplo, la vida), para evangelizar la cultura (especialmente en el diálogo fe-ciencia y fe-política).
La oración: especialmente, la lectura orante de la Palabra de Dios, que de lugar a un asiduo encuentro con Dios y decante en una fe encarnada, comprometida con la historia.
El servicio: dimensión esencial de la catequesis y necesidad profunda de todo joven que está definiendo su identidad: apertura al otro, especialmente a los pobres.
El sacramento de la Confirmación ha de ofrecerse a adultos y jóvenes que deseen profundizar en el compromiso con la fe: es la oportunidad de reafirmar la opción personal en el seguimiento de Cristo, pasando de una fe heredada a una fe asumida.
- Catequesis de adultos centrada en la vida, la búsqueda de sentido y el esclarecimiento de grandes interrogantes… una catequesis que apueste por el acompañamiento del discípulo/misionero (Itinerario catequístico permanente).
La comunidad puede ofrecer dos grandes espacios de catequesis permanente: el encuentro mismo de catequesis con adultos y la homilía en la celebración eucarística.
La conversión pastoral ha de llevarnos a renovar prácticas que no alcanzan a responder a la demandas de hombres y mujeres de nuestro tiempo. La parroquia tiene que volver a ser punto de encuentro, diálogo y reflexión.
- La celebración litúrgica: una catequesis en acto. Esto es, ahondar en la función pedagógica de la Misa. Ello requiere cuidar sus formas, destacar su belleza desde una esmerada preparación: sacerdote, lectores, guías, músicos, ostiarios… Toda la comunidad en función de una celebración que debe propiciar la participación, como nos los ha enseñando en Concilio: «activa, consciente y fructuosa».
Merece recordarse el desafío que los jóvenes nos presentan y que el Papa Francisco manifiesta en Christus Vivit: «Con respecto a los ámbitos de culto y oración, en diversos contextos los jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre» (CV, 224)
- Cada acción catequística desplegada por la comunidad merece ser pensada, planificada, orada y puesta en práctica con espíritu de servicio, humildad, don de gentes, empatía y devoción; comunidad traspasada por la alegría de la resurrección.
El III Congreso Catequístico Nacional nos compartía 25 certezas propias de la catequesis en la Argentina. Una de ellas nos recuerda que la renovación eclesial exige «creatividad pastoral y catequística en fidelidad al Evangelio». Pidamos al Espíritu la audacia necesaria para desplegar una pastoral renovada, creativa al servicio del Reino.
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