
Al olor del hogar (Ariel Prat)
Mi casa era un abrazo con aromas,
afuera el mar oleaba en adoquines,
por suerte había chapas que, en la siesta,
hacían que llover o fuera triste…
Y hablo de mi casa, nunca nuestra,
mudándonos de barrio, sin opciones,
a la hora de movernos, ¡qué increíble
imaginar un mundo en los camiones!…
La casa, ningún living, de una pieza,
de los despertadores tan temidos,
soñando que, tal vez, quizá no suene
para ir a mi otra escuela de bandidos…
Jamás podré elogiar a mi pobreza,
tan sólo es el cristal de mi pasado,
que suena, como copa, en esta noche
y abraza con su vino destapado…
Mi hermano heredándome la pilcha,
aquella que vistió también a un primo,
así fue que aprendimos el secreto
de compartir los parches y el camino…
El carnaval y el tango fueron cuna,
mi vieja me cantó «Duerme, negrito»,
y en mi segundo hogar, el Gallinero,
mi viejo me soñó como Angelito…
“Al olor del hogar” es una canción que logra magníficamente describir la sensación que provocan los aromas, la nostalgia y la memoria. O dicho de otra manera, recuperar, a través del olfato, la condición del ser niño, la ternura de un tiempo vivido entre ollas y sartenes, entre jardines y floreros, la eterna mudanza como estilo de vida, aprendiendo a situarse y adaptarse a nuevos barrios y realidades.
El autor de “Al olor del hogar” se encarga de aclarar que no elogia la pobreza vivida, pero ésta es parte de su vida; tan importante, que se constituye en “cristal de su pasado” con el cual poder observar / analizar / recuperar en la memoria los rasgos característicos de un tiempo noble que lo modeló, que le dio identidad, que lo configuró como persona en un aprendizaje conjunto, donde, conjugar el verbo “compartir” era moneda corriente.
En el recuerdo no hay vergüenza, hay honor y dignidad. La pobreza y, en ella, la sencillez, el compartir los bienes, la austeridad, la sobriedad, son rasgos de su identidad. Se reconocen y se valoran.
«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Lc 9, 58
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