Mensajero

Mensajero

Entre nosotros hay un mensajero, aquel que prepara el camino para la venida del Señor.

¿Quién es, hoy, Juan Bautista? ¿Quién es, hoy, el que nos trae una buena noticia? ¿Quién es el que nos invita a cambiar, a dejar atrás comodidades y aventurarnos a una vida nueva, llena de sentido? ¿No seremos nosotros los mensajeros de este tiempo, que con la vida y la palabra, claman en el desierto: abran las puertas al Salvador? ¿A quién vamos a anunciarle nuestra esperanza, hoy?

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Oración para abrirnos a la esperanza

Esperanza

Diciembre es el mes de los “cierres”. Sí, al llegar a este lugar en el calendario, todas las actividades se encaminan a dar por concluido un tiempo y disponerse a uno nuevo. En medio de las actividades cotidianas, surgen las cenas de “fin de año”, la preparación de las fiestas, la asistencia a actos, muestras, agasajos entre múltiples encuentros. Es, también, tiempo de balance: regalarnos la posibilidad de revisar el camino recorrido.

No deja de ser interesante el hecho de disponer de un tiempo para detener la marcha, mirar hacia atrás y apreciar lo vivido a lo largo del año. Aunque, si ello no nos proyecta desde la esperanza hacia el futuro, no tiene mucho sentido. El balance es mucho más que revisar cuál es el saldo final del año; es preguntarnos qué hemos hecho para ser felices y hacer felices a los demás…

Por ello está el adviento, que es un tiempo de espera. No, necesariamente, de revisión, sino de proyección. Tiempo de prepararnos para recibir en nosotros la alegría de una presencia: Dios que quiere habitar en nuestros corazones y desde allí “hacer nuevas todas las cosas”.

Comenzamos nuestra oración poniéndonos en presencia de Dios y dialogando acerca de los hechos más significativos que nos tocaron vivir durante el año, tanto en la vida familiar como en la laboral.

Continuamos dialogando…

  • ¿Cómo nos encontramos, hoy, al promediar el mes de diciembre?
  • ¿Cómo influye el camino recorrido en el estado en que hoy nos encontramos?

Cerramos los ojos y tratamos de proyectar en nuestro interior los momentos más importantes del año. Damos gracias a Dios por cada uno de ellos. También pensamos en los difíciles, preguntándonos si hemos podido aprender de estos momentos, es decir, qué enseñanzas recibimos.

Al llegar al cierre de nuestras actividades, necesitamos del descanso y el consuelo, para renovar nuestras fuerzas y abrirnos a la esperanza. Dice el profeta Isaías (40, 1-3):

“¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga.

 Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”.

Consolad

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,

hablad al corazón del hombre,

gritad que mi amor ha vencido,

preparad el camino,

que viene tu redentor.

Yo te elegido para amar

te doy mi fuerza y luz para guiar.

Yo soy consuelo en tu mirar.

¡Gloria a Dios!

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,

sacad de la ceguera a mi pueblo,

Yo he sellado contigo

una alianza perpetua,

Yo soy el único Dios.

Consolad a mi pueblo, dice el Señor

mostradles el camino de libertad.

Yo les daré fuertes alas,

transformaré sus pisadas

en sendas de eternidad.

“Yo ye he elegido para amar”, dice el Señor. Esa es la real medida del balance de fin de año: no poner la mirada, excesivamente, en lo que hemos hecho o alcanzado, sino en cuánto hemos amado. La fe nos lleva a posar la mirada, más que en planificaciones, planillas o registros; en la actitud con la que afrontamos las exigencias cotidianas y en la esperanza manifiesta de que siempre tenemos la oportunidad de reparar, renacer y renovar.

Continúa diciendo el profeta Isaías:

“No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. (Is 43, 18-19)

“Yo estoy por hacer algo nuevo”, nos dice la lectura. Esa es la experiencia del adviento en camino hacia la navidad: la posibilidad de renacer. No importa tanto lo que hemos hecho, sino lo que vamos a hacer. Dios viene a nuestro encuentro para animarnos a reconstruir la vida, la vocación, nuestras relaciones humanas…

Pensamos, durante unos instantes, qué necesitamos renovar en nuestras vidas y le pedimos a Dios que nos permita realizarlo…

Ven, Señor, a nuestras vidas

y renueva nuestro corazón,

alienta nuestra esperanza,

reafirma nuestras convicciones

y orienta nuestros pasos…

Ven, Señor, y haz nuevas todas las cosas.

Confirma nuestra vocación por la vida

y la pasión por el bien común.

Renueva nuestros vínculos,

fortalece nuestras amistades,

permítenos encontrarte, cada mañana

en cada rostro, en cada historia.

Ayúdanos a abrirnos a una nueva realidad,

lejos del egoísmo, de la mentira, de la falta de compromiso.

Que, en camino hacia el pesebre,

podamos optar, una vez más,

por la luz que vence las tinieblas.

Ven, Señor, a nuestras vidas

y ábrenos a la esperanza

de una vida más humana

en tu Reino de justicia y paz.

Amén

Si querés escuchar «Consolad», aquí te comparto dos versiones disponibles en YouTube:

La segunda versión interpretada por Jóvenes de la Catedral de San Isidro. Incluido en la obra «Hazte canto».

“Me has hablado en mil canciones”. Mil canciones para dialogar, reflexionar y rezar… podés buscarlas en el menú “Cinco panes”.

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Desierto

Desierto

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El profeta Isaías

 

Isaías

Isaías es uno de los protagonistas del Adviento. A tal punto que, san Jerónimo lo llamaba «el evangelista del Antiguo Testamento» ya que es quien con mayor claridad anuncia la persona de Jesús, tanto en orden a la Navidad (al hablarnos del Emmanuel) como a la Pascua (al presentarnos al Servidor sufriente).

El profeta Isaías vivió 700 años antes de Cristo. En su libro, nos propone una serie de signos que sirven de guía para nuestra vida de fe. En orden al Adviento, quisiera destacar cuatro de ellos: el camino, la luz, la joven, la montaña.

Resulta para todos muy clara la comparación de la vida humana con un camino. Vivir es transitar una senda. Hay un punto de partida y, también, de llegada. El profeta nos invita a «allanar el camino» (40, 3), esto es, examinar por dónde estamos transitando. Los caminos de la vida son diversos, muchos sencillos, otros escarpados… cada tramo del camino tiene una exigencia propia… no todo camino conduce a la felicidad, al encuentro con Dios. Por eso, el profeta nos habla de un camino santo (35, 8), el camino de la esperanza: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando. ¿No se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto» Is 43, 19

El segundo de los signos es la luz. Isaías es quien afirma: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz» (9, 1). El camino que propone el profeta es un camino luminoso, es el camino de la verdad, por ello comienza su libro diciendo: «Caminemos a la luz del Señor» (2, 5). En la oscuridad (el miedo, las frustraciones, el error, el invididualismo) se alza, como un faro, una señal de esperanza…

En el camino, guiados por la luz del Señor, emerge otro signo. Si la luz engendra la confianza y aplaca los miedos, este signo da lugar a la esperanza: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel» (7, 14). Es el signo de la vida, que siempre se impone, la que engendra nuestra esperanza. Es imposible no relacionar con estos textos con el prólogo del Evangelio de Juan, cuando afirma:  «En ella (la Palabra) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).

Finalmente, la montaña es el lugar del encuentro del hombre con Dios. Isaías nos regala la imagen del monte santo donde se concretará el encuentro de todos los pueblos en comunión con su Creador. Así, nos revela el sueño de Dios: hemos salido de él y nos encontraremos en la santa montaña para vivir la fraternidad universal.

El camino, la luz, la joven embarazada y la montaña. Signos que nos ayudan a reflexionar y vivir el Adviento camino a la Navidad de la mano del profeta que con mayor claridad nos habló de la llegada de nuestra esperanza: Dios con nosotros!!!

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Adviento

Viene

Sabemos que el año litúrgico se formó en el tiempo a partir de los dos grandes misterios centrales de la fe cristiana: la Pascua y la Navidad. La importancia de estas dos celebraciones hizo necesario un tiempo de preparación que dispusiera el corazón de los fieles: este es el origen y el sentido de la Cuaresma para la Pascua y del Adviento para la Navidad.

El último de estos cuatro grandes tiempos litúrgicos en aparecer, ha sido el Adviento, probablemente hacia el siglo IV, de manera incipiente, fue afianzándose hacia el VI.

Es un tiempo breve, cuatro domingos entre la Solemnidad de Cristo Rey y la Navidad, donde el tema dominante es la espera gozosa de la venida del Señor. Así, el Adviento se nos presenta en tres dimensiones: el adviento litúrgico, el escatológico y el espiritual.

El adviento litúrgico nos pone en sintonía de la gran celebración de la Navidad. La corona de Adviento con sus cuatro luces nos acompaña en este camino de crecimiento espiritual.

El adviento escatológico nos invita a prepararnos para la segunda venida de Jesús, realidad que reafirmamos en cada celebración eucarística: ¡¡¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven Señor Jesús!!!

Y el adviento espiritual nos recuerda que hemos de estar preparados en todo momento para recibir al Señor, que, como dice el Evangelio de este primer domingo del Ciclo A: «vendrá a la hora menos pensada».

Para prepararnos a conciencia, en estos cuatro domingos, la liturgia de la Palabra nos presenta a los grandes protagonistas del Adviento:

El profeta Isaías: que invita al pueblo a la esperanza y a contemplar el signo que Dios quiere dejarnos: la joven embarazada y la esperanza del Emmanuel, Dios con nosotros. En la misma línea, Juan, el Bautista; el precursor, llamado a preparar el corazón en la espera atenta y vigilante del Mesías que está a las puertas. Y la Virgen María y san José, que nos iluminan con su fe en las promesas de Dios.

Tiempo sencillo, tiempo bello donde el llamado a la conversión suena y resuena una vez más: Viene el Señor, preparemos el corazón!!!

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Corona de Adviento

Adviento

La Corona de Adviento no es sólo un adorno que puede acompañar a los muchos otros que visten los hogares en el camino hacia la Navidad. La Corona es un signo que puede ayudarnos a preparar el corazón y celebrar la Navidad junto a su principal protagonista: Jesús.

“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz” (9, 1). Así nos habla el profeta Isaías, invitándonos a poner nuestra mirada en el pesebre y en la “luz del mundo” que viene a nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios. La Corona de Adviento nos permite trabajar, espiritual y simbólicamente, esta verdad de la Navidad, encendiendo, domingo a domingo del Adviento, una vela hasta llegar a la celebración del 25 de diciembre, el nacimiento de Jesús, “luz del mundo”.

La Corona de Adviento es una oportunidad de reunir a la familia para orar y reflexionar en torno al misterio de la encarnación. La propuesta que aquí se realiza es muy sencilla, basta disponer cuatro velas, una por cada domingo del Adviento y detenerse unos instantes en torno al libro del profeta Isaías, de manera particular, al símbolo de la luz, muy presente en este tiempo. También, se puede disponer de una quinta vela para encender en la Nochebuena.

 

Primer Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Si, como anuncia el profeta, nosotros, familia reunida, queremos preparar la venida de Jesús a nuestro hogar. Queremos que la Navidad sea una Navidad en Jesús, por eso, Señor, nos reunimos frente al Pesebre y la Corona de Adviento y encendemos la primera vela.
Lectura del libro del profeta Isaías:
“¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén, la palabra del Señor. El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob. y caminemos a la luz del Señor!” (2, 3-5).

Señor, queremos caminar en la luz, si. Son muchas las oscuridades que nos acechan, vemos día a día como los hombres se alejan de Ti cayendo en la oscuridad del dolor, de los vicios, del desencuentro, de la violencia, del poder… Creemos firmemente que vienes a traernos tu luz, que vienes a poner fin a la tristeza y encender en los corazones de la humanidad, la alegría de tu presencia.

A cada oración, respondemos: “Caminemos a la luz del Señor”.

  • Prepara nuestros corazones para recibirte…
  • Que podamos abrir las puertas de nuestro hogar…
  • Que por nuestras acciones podamos ser luz para los demás…
  • Signos de tu presencia en el mundo…
  • Haznos vivir una Navidad al modo de Jesús…

Nos ponemos al amparo de tu Madre, Nuestra Señora de la Esperanza, diciendo: “Dios te salve, María”.

Segundo Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Nuevamente nos reunimos, Señor, en tu presencia. Te damos gracias por la vida que nos regalas. Seguimos caminando hacia la luz, por ello, encendemos la segunda vela de esta corona.

Lectura del libro del profeta Isaías:

“Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel “ (7, 14).

“Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. El dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra» (49, 5-6).

Señor, nos has regalado un signo: la vida, tu vida, nuestra propia vida. ¡Qué regalo inmenso el despertar cada mañana para alabarte y sentir la llamada a una vida en abundancia! Gracias por hacernos valiosos, por ayudarnos a reconocer que toda vida vale. Gracias porque nos haces partícipes de la misión de tu Hijo Jesús: llevar la salvación a todos los hombres.

A cada oración, respondemos: “Somos valiosos a los ojos del Señor”.

  • Porque cada vida es don de Dios, descubrimos que…
  • Porque toda vida vale, decimos…
  • Porque la vida es don y tarea, anunciamos…
  • Porque somos una misión en la tierra…

Saludamos a la Madre de la Dulce Espera, que lleva el signo de nuestra Salvación: Dios te salve, María.

Tercer Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Caminamos hacia la luz descubriendo cuánto valemos para ti, Señor. Seguimos haciendo nuestro Adviento, por eso encendemos la tercera vela de esta corona.
Lectura del libro del profeta Isaías:
“Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía” (58, 6-10).

Señor, tú te preparas para nacer en el silencio, lejos de las luces y el ruido, lejos del consumismo y de la cultura del tener. En el pesebre hay silencio… silencio de un corazón que ha venido preparándose para recibirte en sus brazos, para recibir tu solidaridad, tu entrega amorosa, tu querer compartir la vida con toda la humanidad…

Señor, que este tiempo nos transforme: que nuestro corazón se convierta a la sencillez y la humildad del pesebre. Que entendamos que la Navidad es solidaridad, justicia y paz.

A cada oración, respondemos: “Este es el ayuno que amo”.

  • Danos un nuevo corazón, capaz de abrirse a los demás…
  • Un corazón generoso, que sepa compartir…
  • Compromete nuestras manos en la lucha por la justicia…
  • Haz que seamos en nuestra familia instrumentos de tu paz…

Madre de los Pobres, reza con nosotros: Dios te salve, María…

Cuarto Domingo de Adviento

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40, 3). Llegamos a la cuarta semana del Adviento. Hemos querido preparar el corazón y nuestro hogar para recibirte. Hoy, demos un paso más y encendemos la cuarta vela de esta corona.

Lectura del libro del profeta Isaías:

“¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. El sol ya no será tu luz durante el día, ni la claridad de la luna te alumbrará de noche: el Señor será para ti una luz eterna y tu Dios será tu esplendor. Tu sol no se pondrá nunca más y tu luna no desaparecerá, porque el Señor será para ti una luz eterna y se habrán cumplido los días de tu duelo” (60, 1-2.19-20).
Señor, sabemos que quieres habitar en nuestros corazones. Durante estas semanas, hemos preparado el corazón para recibirte, la Navidad está cerca y queremos celebrarla a tu modo. Enciende en nosotros, Señor, la llama de la caridad, pues sólo así entendemos la Navidad: el encuentro amoroso entre Dios y la humanidad. Ven a nosotros, Señor. Ven a transformar nuestras vidas. Ven y cumple tu promesa, habita entre nosotros…

La Corona en la Nochebuena

Llegamos a la noche esperada. La corona de Adviento nos ha servido de guía, signo que nos ha permitido reunirnos en familia, abrir el corazón, escuchar tu Palabra, disponernos a la llegada de Jesús.

Encendemos las cuatro velas de la Corona de Adviento y, luego, la quinta que está en el centro…

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto” (9, 5-6).

Esta es la noche esperada, Señor. Ven, hoy, a nuestras vidas. Ven a nacer en nuestro hogar. Queremos que seas la luz que guíe nuestras acciones. Al encender las luces de esta corona, nos comprometemos a ser luz para los demás: desde el afecto, la cercanía, el consejo, la oración…

A cada intención, respondemos: “Un niño nos ha nacido”.

  • Para vivir en la presencia de Dios…
  • Para crecer en el amor y la unidad…
  • Para construir un Reino de Justicia y Paz…
  • Para anunciar el valor de la vida…

Con alegría, saludamos a nuestras Madre, Nuestra Señora de Belén, diciendo: Dios te salve, María…

Si querés descargar una copia en archivo pdf, hacé clic aquí: Corona de Adviento
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