Tiberíades es un lugar especial en la vida de Jesús. Numerosos acontecimientos tienen como escenario las aguas de este lago al que, a veces, en los Evangelios, se lo llama Mar de Galilea o Genesaret. Allí navegó junto a sus discípulos recorriendo, en plan misionero, los poblados y aldeas que recibían, gustosos, su palabra de vida.
Tiberíades es testigo de grandes predicaciones, de bellas y sencillas parábolas, de milagros conmovedores. Pero, fundamentalmente, Tiberíades es el lugar del encuentro. Allí Jesús conoce a los primeros discípulos, los moviliza con sus palabras y los invita al seguimiento. “Navega mar adentro” (Lc 5, 4) dice Jesús a Pedro, para permitirse sumergirse en lo más profundo de su corazón.
Uno de esos encuentros a orillas del Tiberíades, sucede al presentarse Jesús resucitado a un grupo de discípulos, narrado por el Evangelio de Juan (21, 1-14). En ese contexto, Jesús resucitado les prepara un encuentro personal… (…)
Para todo catequista, el capítulo final de Juan, es una orientación en la tarea. Aprender a preparar un verdadero encuentro donde cada hombre y mujer puedan sentirse cobijados por la presencia de Jesús. Porque de eso se trata, de encontrarnos y dejar que la Palabra anide en nuestros corazones para dar, como cada uno de los discípulos, una respuesta de fe, comprometida y audaz, un “gran paso” en el seguimiento del Señor.
En la catequesis el único que enseña es Cristo, el Pedagogo de Dios y Tiberíades es el lugar privilegiado para ese encuentro, siempre nuevo.
Encuentra el texto completo en Pablo Garegnani.- Tiberíades. Para encender la catequesis con el fueguito de la Palabra.- Editorial Claretiana.-