En la obra «Amigos de Jesús», el padre Néstor Gallego ha incluido «¿Por qué con un pecador?», canción inspirada en el encuentro de Jesús con Zaqueo, recaudador de impuestos.
¿Por qué con un pecador?
Jesús entró en Jericó y atravesó la ciudad.
La gente se apretujó. Querían verlo pasar.
Zaqueo el recaudador, no quiso ser la excepción
y en medio de aquel montón su altura lo traicionó.
Zaqueo, Zaqueo, Zaqueo bajá
que Dios en tu casa se quiere alojar.
Entonces se la ingenió mirando a su alrededor
y en un sicómoro halló perfecta la ubicación.
Jesús pasó por allí y allí sus ojos alzó.
Zaqueo pudo sentir un fuego que lo quemó.
“Zaqueo ven para acá que Yo te vine a buscar.
Espérame hoy a cenar, con vos me quiero alojar”.
Zaqueo entonces bajó, alegre lo recibió.
La gente se preguntó: “¿Por qué con un pecador?”.
“Señor daré la mitad de todo lo que robé.
Mis cuentas he de saldar si alguno perjudiqué”.
“Zaqueo, no hay pecador que Dios no pueda cambiar.
Te traje la salvación porque eres Hijo de Abraham”.
En el Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo C) se nos invita a reflexionar sobre la parábola del Fariseo y del Publicano, una de las parábolas de la misericordia de Dios.
Hay en el relato una breve tensión producida por la oración que moviliza al fariseo que, orgulloso de sus logros y de su fidelidad, espera el reconocimiento de Dios. Es cierto que, como buen fariseo, ha cumplido con todo aquello que indicaba la ley, pero, la vanidad lo lleva a considerarse superior frente a un hombre que, sintiéndose miserable, clama por misericordia y perdón. ¿Por qué nos ofende tanto el error del otro? ¿Por qué esa búsqueda de justificación comparándonos con los demás y sus actitudes? Ser obedientes y respetuosos de las prácticas religiosas, ¿no debería llevarnos a vivir la humildad de quien experimenta la misericordia y el perdón de Dios?
Si querés escuchar canciones inspiradas en este pasaje del Evangelio de Lucas (18, 9-14), seguí el enlace… Dos hombres subieron a orar
Estas dos canciones, preparadas para la catequesis con niños, nos introducen en el mensaje de Jesús. La primera, «Una tarde allá en el templo» del padre Néstor Gallego (de la obra «Diez parábolas de Jesús» de Signo producciones. La otra, «El fariseo y el publicano» de Valivan, los creadores de «La casita sobre la roca», programa de EWTN. A continuación las letras y los enlaces a YouTube correspondientes.
Una tarde allá en el templo
Padre Néstor Gallego
Una tarde allá en el templo se acercaron a rezar
publicano y fariseo. ¡Qué distinto, ya verás!
El primero cabizbajo no sabía qué decir,
y el segundo no hacía más que presumir.
«Señor mío te agradezco por no ser un hombre más,
que adultera, que es injusto y hasta roba por robar.
Pago el diezmo y hago ayuno. Tu lo sabes por demás,
no como ese publicano de ahí atrás.
Manteniéndose a distancia con temor y con temblor
se escuchaba al publicano repitiendo su oración:
«Ten piedad de mi Señor, porque soy un pecador»
y llorando le pedía a Dios perdón.
No desprecies a ninguno ni te sientas el mejor,
como el viejo fariseo, a quien su orgullo traicionó.
Busca siempre ser humilde como fue aquel pecador,
que al humilde Dios lo ensalza con amor.
El fariseo y el publicano
La Casita sobre la roca
Jaime Olguín Mesina – Iván Olguín Pisani
Va caminando un fariseo hacia el templo
para rezar al Dios del cielo, como es su obligación.
Mientras camina piensa para sus adentros
que es un hombre superior:
“Gracias, Señor, porque me has hecho tan perfecto
pues hago ayuno, doy limosna, pago el diezmo con rigor.
Soy muy correcto y cumplo todos los preceptos.
Si me comparo, soy mejor.
Yo no soy, Señor como son los otros hombres,
que injustos son y también estafadores, mentirosos y ladrones”.
Rezaba junto al fariseo un publicano
sin atreverse a levantar los ojos por la humillación.
Con gran pudor cubría el rostro con sus manos
y así decía en su oración:
“Oh, mi Señor, soy pecador,
yo no merezco que me perdones,
pero te suplico, dame tu perdón.
Quisiera ser un hombre bueno mas no puedo.
Oh, mi Señor, ten compasión”.
El buen Dios oyó la oración del publicano y se conmovió.
Viéndole tan humillado perdonó su gran pecado.
Le perdonó y olvidó todos sus delitos. Compadecido los borró.
Después le dio su bendición. Vertió su gracia desde el cielo
y lo bendijo y al fariseo ignoró.
Porque el Señor alza a los que se humillan
y da humillación a los orgullosos que se creen muy virtuosos.
Este encuentro marca una transición entre la iniciación a la vida comunitaria (primera parte) y proyecto de vida (segunda parte).
En el mismo nos planteamos el siguiente objetivo: aprender a mirar la realidad (nuestra propia realidad) a la luz de la Palabra de Dios. Este tema se desarrollará más ampliamente en la segunda etapa de este itinerario catequístico. Aquí lo presentamos a modo de anticipo.
En realidad, todo encuentro catequístico apunta a este mismo objetivo: siempre se intenta iluminar la experiencia vital con la luz enriquecedora de la Palabra. Con este encuentro se pretende iniciar a la comunidad de jóvenes en una actitud contemplativa de la realidad, en el marco de la oración con la Palabra de Dios.
Para leer la planificación completa: Emaús – Año 1: “Con los ojos de la fe”, pág. 22ss.
La comunidad cristiana se enriquece por los dones que el Espíritu Santo distribuye en cada uno de sus miembros. Esto es una de las grandes riquezas de la vida comunitaria: como cada uno contribuye al crecimiento de los demás.
Recibir un don del Espíritu implica una grave responsabilidad: “La fe se fortalece dándola” nos dice el Papa en “Redemptoris Missio”. Como la fe, cualquier otro don se fortalece en la medida que es puesto al servicio de los demás.
A pesar de la diversidad, la comunidad forma, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Cuerpo. La unidad no implica la cercanía física, sino la comunión dada por la fe en Cristo, la fracción del pan y la caridad vivida.
La diversidad exige apertura y aceptación: todos hacemos el Cuerpo de Cristo, cada uno desde el lugar donde fue llamado, aportando los dones que del Espíritu ha recibido. Al respecto, nos dice el Papa: “En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo” (EG, 130).
Para leer la planificación completa: Emaús – Año 1: “Un solo cuerpo”, pág. 18ss.
Ser agradecido es una virtud. Sin duda, aprendemos a ser agradecidos en la medida en que tomamos conciencia del enorme valor del otro en nuestras vidas. Claro, hay cosas o situaciones que, por su envergadura, difícilmente podemos equiparar a la hora de pensar en una retribución… ¿Cómo retribuir a nuestros padres por la vida recibida? Cierto que, alguien, podría contestar: «Bien, retribuimos en la medida en que honramos nuestra vida…». Suena interesante, pero, creo, el nudo no está por allí, porque los dones entregados se ofrecen desde un total desprendimiento de sí y no reclaman (ni necesitan) de retribución… Se entregan y se viven con intensidad… Por ello, ante un favor o un don recibido, no se devuelven, pero se agradecen. ¿Por qué? Porque el agradecimiento es una sencilla muestra de que el cariño, el respeto o el amor que movilizaron la acción ha llegado al corazón y ha dado lugar a una transformación.
Esto que describimos, sucedió con el leproso samaritano. La bondad de Jesús llegó a su corazón y esa bondad inició en él una profunda transformación. ¿En los otros? Hubo un obstáculo, una cerrazón… para ellos habrá que esperar una nueva oportunidad. Mientras tantos, sigamos la huella del samaritano… ¿a quién tenés que decir «gracias», hoy?
Si querés escuchar una canción inspirada en este pasaje del Evangelio de Lucas (17, 11-19), seguí el enlace… Gracias, Señor
Canción del padre Néstor Gallego. De la obra “Diez milagros de Jesús”. Signo producciones. Narra el encuentro y sanación de diez leprosos, uno de ellos, samaritano que, regresa agradecido a postrarse a los pies de Jesús. Podés leerlo en Lucas 17, 11-19.
Gracias, gracias, gracias Señor.
Gracias, gracias, gracias Señor.
El Señor de pueblo en pueblo,
se paseaba sin cesar
ayudando a los enfermos
y a los pobres del lugar.
Una vez en un poblado,
diez leprosos encontró.
Desde lejos le gritaron:
«Ten Maestro compasión!».
Al mirar a aquellos hombres
se acercó diciéndoles:
«Vayan a los sacerdotes
y preséntense los diez».
Mientras iban de camino
el milagro sucedió,
y la lepra que les vino
para siempre los dejó.
Uno de ellos al curarse
se volvió alabando a Dios,
los demás siguieron viaje,
no sabemos que pasó.
«Me has curado de la lepra.
Te doy gracias, mi Señor».
…Y apoyado rostro en tierra
se entregó de corazón.
¿Dónde están los otros nueve?
Si eran diez los que curé.
Por lo visto no merecen
que la Salvación les dé.
Pero en cambio tú has venido
y has sabido agradecer.
Vete en paz amigo mío,
te has salvado por tu fe».
En este video podés apreciar la obra citada del padre Néstor Gallego. La canción «Gracias, Señor» se puede escuchar a partir del 32:17.