Cada año que se inicia implica una renovada esperanza para hombres y mujeres que anhelan vivir la vida en abundancia. Iniciar un año calendario es una oportunidad de renovarse, de proponerse nuevas metas, de soñar con una intima transformación de la realidad circundante.
Cada 1° de año, la Iglesia nos propone orar por la paz. En la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el Papa nos comparte un mensaje de paz. En esta ocasión, el lema de la Jornada Mundial de Oración por la Paz 2020 es «La Paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica»
El mensaje comienza así: «La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables».
Para allanar este camino, el Papa nos propone diálogo, reconciliación y conversión ecológica. El diálogo como instrumento de encuentro; la reconciliación que nos permite renovar y restaurar vínculos de amistad; la conversión ecológica como una nueva forma de relación con el medio ambiente.
Dios alimenta nuestra esperanza. Iniciamos un nuevo año en la presencia del Niño de Belén, regalo del Padre a la humanidad. El nos enseña el camino del diálogo, la reconciliación y la conversión ecológica. Hay que seguir su estrella.
¿Qué nos dicen las imágenes de Navidad, especialmente, las de la Sagrada Familia? ¿Qué idea nos transmiten? El arte, en sus distintas expresiones, nos ha ayudado a hacernos una idea acerca de los sucesos de Navidad. Son imágenes típicas las de María y José camino de Belén a lomo de burro, la soledad del pesebre en la espera silenciosa de la llegada del Niño, la visita de pastores y magos con su colorido y romanticismo, las de la huida a Egipto y, finalmente, la vida en Nazaret. Cada una de estas imágenes, como decíamos, ha formado en nosotros aquello que concebimos como Navidad.
Para muchos, el pesebre tiene toques de romanticismo: un hombre y una mujer a la espera de un nacimiento, en un lugar poco apropiado, pero lleno de ternura. Sin embargo, esta concepción ha de estar lejos de aquella primera navidad y, muy probablemente, cierta angustia debe haber acompañado a la Sagrada Familia en su búsqueda de un lugar seguro donde dar a luz a Jesús. Esto es, sin duda, la búsqueda de todo ser humano: una vivienda digna que se transforme en hogar, santuario de la vida y comunidad de personas.
En estos días fueron muchas las imágenes de Navidad surgidas de la contemplación de la realidad presente. O sea, cómo el tiempo que nos toca vivir, con sus desafíos y obstáculos, nos ayudan a acercarnos a la realidad de esta Familia de Dios que, dos mil años atrás, se vio forzada a ser Familia itinerante.
Para esta reflexión, quisiera acompañarme de algunas de esas imágenes, presentes en las redes sociales, que me hicieron pensar la Navidad desde otro lugar. Quisiera comenzar por una obra de Bansky, el artista callejero londinense, del que no se conoce su identidad y que ha sorprendido a la opinión pública con obras realizadas furtivamente en espacios públicos con fuertes críticas al capitalismo y al estilo consumista de vida. Una de sus últimas obras apareció, días atrás, en un hotel de Belén (hotel conocido por tener «la peor vista del mundo» al estar situado frente al muro levantado por los israelíes para separar su territorio del Palestino, precisamente, donde se encuentra Belén, la ciudad de David…). Allí, instaló un pesebre, cuyo fondo es el mencionado muro de división, atravesado por un disparo de mortero, logrando formar una «estrella». En el mismo muro, pueden observarse dos palabra: love y peace (amor y paz).
A new Christmas-themed artwork dubbed the «Scar of Bethlehem» by secretive British artist Banksy is displayed at his Walled-Off Hotel in Bethlehem in the occupied West Bank on December 20, 2019. (Photo by AHMAD GHARABLI / AFP)
La barrera de seguridad israelí cerca de El Hotel Amurallado en donde se exhibe una obra del artista Banksy de nombre «La Cicatriz de Belén», en Belén, Cisjordania, el domingo 22 de diciembre de 2019. (AP Foto/Majdi Mohammed)
«Cicatriz de Belén» (Scar of Bethlehem) es el título de la obra (se trata de un juego de palabras, ya que, el artista, juega con los términos scar/cicatriz y star/estrella) y es una clara alusión a la situación política reinante en uno de los lugares más santos del planeta: el del nacimiento del Salvador. De manera especial, la crítica se dirige hacia ese muro de división que acentúa diferencias, que promueve la segregación y el odio al distinto. Y justo en Belén, donde ha nacido Jesús, el «puente» que une a los hombres con Dios y a los hombres entre sí.
¿Qué puede decirnos la obra de Bansky, más allá del significado que el propio autor ha querido dar? Sin duda, recordar que todavía existen en el mundo muchos muros de división y que la cultura del encuentro tiene mucho trabajo por delante.
Por otro lado, las amenazas a las que se ven sometidas tantas familias. Ese disparo de mortero, que nunca puede ser una referencia como sí lo es la estrella, es un llamado de atención a trabajar para alivianar el peso que tantas familias deben sobrellevar: el de la injusticia, la falta de trabajo, el dolor de la guerra, la falta de oportunidades… Es el caso de las familias inmigrantes que huyen del espanto de la violencia en busca de una tierra de paz. Así lo reflejan ests obras de Agustín de la Torre y Kelly Latimore, respectivamente.
Más que nunca resuena, hoy, el relato de la huida de la Sagrada Familia a Egipto. El texto de Mateo es escueto, pero claro y contundente: Herodes no quiere competidores y busca al Niño para matarlo (¿el disparo de mortero en la obra de Bansky?), allí comienza la huida. No sabemos en qué poblado egipcio se afincaron y cuánto tiempo vivieron allí (probablemente, dos años…) pero podemos imaginar muchas dificultades. A la muerte de Herodes regresan a Belén y, de allí, a Nazaret. Allí comienza otro período de la Sagrada Familia.
De Nazaret a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Belén y de Belén a Nazaret. Esta itinerancia es rasgo de una familia en búsqueda permanente de mejores condiciones de vida, que recibe la vida naciente, la custodia y protege porque sabe que es su bien más preciado y que no renuncia, por comodidad o temor, a la voluntad de Dios. ¿Cuánto habrán influido estas experiencias en el Niño Dios? Este carácter itinerante, ¿no habrá calado hondo en Jesús llevándolo, casi treinta años después, a salir a los caminos y anunciar la presencia de Dios entre los hombres: aquellos que por los caminos buscaban un lugar donde estar a resguardo y vivir con sencillez la vida que Dios les ha regalado.
Pasa la Sagrada Familia entre nosotros. Pasa buscando mejores condiciones para recibir y resguardar la vida. La huida es Egipto es el llamado de Dios a trabajar juntos para hacer de este mundo un hogar seguro y agradable para todos los hombres. La empresa es muy grande como lo es el testimonio de la Familia de Nazaret.
«Le llegó el tiempo…». El tiempo justo, la hora señalada es aquel momento en se concretan los anhelos de los hombres:
A María le llegó el tiempo de ser Madre, y dió a luz.
A José, el tiempo de ser padre: custodio de la vida naciente.
A los pastores: el tiempo de la alegría, el renacer de la esperanza…
A los Magos, la señal que invita a la marcha y reconocer nuevos caminos…
Navidad: tiempo del hombre. Tiempo para descubrir una nueva realidad: la del encuentro, la de la vida plena, la del abrazo y la reconciliación, la de la justicia largamente esperada, la del hombre nuevo.
Navidad: tiempo de Dios que quiere estar cerca del hombre y se hace pequeño para que éste lo tome en sus brazos.
Navidad: tiempo de Dios y de los hombres, que se encuentran en un abrazo de paz.
En estos días, el Papa Francisco nos ha compartido una Carta Apostólica, titulada Admirabile signum, sobre el significado y el valor del pesebre. Compartimos esta reflexión, preparada para un retiro de Adviento, inspirada en las palabras del Papa.
El pesebre, un signo del amor de Dios
Puntualmente, el día 8 de diciembre, cada familia arma su pesebre y árbol de Navidad. «Es la tradición», se afirma. Pero, ¿por qué armar un pesebre?
Sabemos que la costumbre de armar un «nacimiento, pesebre o belén» aparece hacia el año 1223 cuando san Francisco de Asís pide a un habitante del Greccio que le ayude a armar un pesebre para celebrar, allí, la Navidad. El hombre dispuso lo necesario (algo de heno, un buey y un asno) y, en ese contexto, toda la comunidad se reunió a celebrar, en la Misa, el nacimiento de Jesús. Los presentes se vieron colmados de alegría por la forma en que se preparó la celebración y uno de ellos manifestó haber visto al Niño Jesús recostado sobre el pesebre… Así se dió inició a la tradición de representar el nacimiento de Jesús con un «pesebre viviente» o con figuras que permitan visualizar la escena narrada en los evangelios.
Hoy, con el paso del tiempo, es posible dar con muy diversas formas de preparar el pesebre. Una de ellas es representar a los protagonistas de la Navidad con los rasgos típicos de cada zona, región o país… Se manifiesta así, como el Hijo de Dios se encarna en la vida de los pueblos y toma rasgos de los hombres de cada continente.
Pero el «belén» no es sólo un elemento decorativo. Al tratarse de un signo, comunica un mensaje. En primer lugar, al permitirnos visualizar la escena de la primera Navidad, nos hace partícipes de ella: la Navidad sucede hoy. Así, podemos experimentar la llegada del Hijo de Dios a nuestras vidas. La escena del pesebre nos indica actitudes que favorecen esa apertura: humildad, sabiduría, recogimiento, esperanza…
Protagonistas del pesebre
Un texto del profeta Isaías inspiró la presencia de animales en torno al Niño Jesús, «envuelto en pañales y recostado en un pesebre». Dice el profeta: «El buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento!» (Is 1, 3). Junto a la estrella de Belén, los animales representan la creación entera que reconoce la presencia del Creador, en contraposición con aquellos que negaron refugio la pareja peregrina: «Pero no había lugar para ellos en el albergue».
La presencia de los pastores es un anticipo de la predilección de Jesús frente a los pobres. Al cuidado de rebaños que no les pertenecían, vivían en la pobreza, en la intemperie… La noche de la Navidad los sorprende con una Buena Noticia: el nacimiento del Salvador. Los pastores se alegran con la llegada de la Vida, a quien reciben desde su humildad y sencillez.
Los magos llegados de Oriente, entre el misterio y la curiosidad, revelan en sus regalos la identidad del recién nacido: oro para el Rey, incienso para Dios y mirra para quien ha de morir… Nos ayudan a comprender la Navidad desde la perspectiva de la Pascua. El Niño que acaba de nacer entregará su vida en la cruz por toda la humanidad.
Finalmente, María y José. En ellos contemplamos la confianza puesta en las promesas de Dios. María que regala su SI a Dios para ser la madre del redentor y José que asume con entereza el papel de custodio de la vida naciente.
Navidad sucede hoy
Si nos detenemos a leer el texto del nacimiento de Jesús (Lc 2, 1-12 y Mt 2, 1-12), podemos contemplar a la humanidad entera, con sus luces y sombras:
los habitantes de Belén y su negativa a recibir a la Sagrada Familia,
el dueño del establo que los cobija,
los pastores que acuden, presurosos, para alegrarse y esperanzarse frente al recién nacido,
los magos y su búsqueda de Dios,
Herodes, temeroso de perder su poder,
la corte del rey que no desconocían la llegada del Mesías y sin embargo no salen a su encuentro…
María y José, entregados a la voluntad de Dios, comprometidos en el cuidado del Niño.
Hoy, cada uno de nosotros tiene un lugar frente al pesebre. La navidad puede pasar desapercibida o bien encandilarnos con sus luces; o ser una oportunidad de abrirnos a la realidad de un Dios que quiere habitar en nosotros y nos llama a tender puentes de encuentro con la humanidad toda. El Niño Jesús reúne en torno al pesebre las diversas realidades humanas. Todas ellas encuentran lugar en Belén y la oportunidad de vivir la fraternidad universal.
En un pobre pesebre
En un pobre pesebre, Dios vino a nacer
y en medio de la noche brilló el amanecer.
En un pobre pesebre, en la casa del pan,
volvió a nacer la vida, la guerra se hizo paz.
En un pobre pesebre, María y José
adoran a su Niño, nacido allá en Belén.
Los magos y pastores también van a adorar
al Niño-Dios nacido en un pobre portal.
Al comenzar
nuestro tercer milenio
hemos de rezar
para que vuelvas a nacer
en nuestra humanidad;
hemos de luchar
para que vuelvas a brillar
en nuestra oscuridad.
En el pobre pesebre de nuestro corazón,
queremos que tú nazcas, tú que eres nuestro Dios.
Ese pobre pesebre ya no estará en Belén:
será en nuestras almas en donde has de nacer.
«En un pobre pesebre» es un tema del padre Jorge Leiva, de la diócesis de Gualeguaychú. La canción forma parte de la obra «Rumbo al tercer milenio», publicada por San Pablo en el año 1997. Las canciones de esta obra giran en torno a tres ejes: celebración, conversión y compromiso. Su fuente de inspiración ha sido la Carta apostólica Mientras se aproxima el Tercer Milenio con el que san Juan Pablo II, llamó a la humanidad a celebrar los 2000 años del nacimiento de Jesús.
“Me has hablado en mil canciones”. Mil canciones para dialogar, reflexionar y rezar… podés buscarlas en el menú “Cinco panes”.
Entre nosotros hay un mensajero, aquel que prepara el camino para la venida del Señor.
¿Quién es, hoy, Juan Bautista? ¿Quién es, hoy, el que nos trae una buena noticia? ¿Quién es el que nos invita a cambiar, a dejar atrás comodidades y aventurarnos a una vida nueva, llena de sentido? ¿No seremos nosotros los mensajeros de este tiempo, que con la vida y la palabra, claman en el desierto: abran las puertas al Salvador? ¿A quién vamos a anunciarle nuestra esperanza, hoy?
Diciembre es el mes de los “cierres”. Sí, al llegar a este lugar en el calendario, todas las actividades se encaminan a dar por concluido un tiempo y disponerse a uno nuevo. En medio de las actividades cotidianas, surgen las cenas de “fin de año”, la preparación de las fiestas, la asistencia a actos, muestras, agasajos entre múltiples encuentros. Es, también, tiempo de balance: regalarnos la posibilidad de revisar el camino recorrido.
No deja de ser interesante el hecho de disponer de un tiempo para detener la marcha, mirar hacia atrás y apreciar lo vivido a lo largo del año. Aunque, si ello no nos proyecta desde la esperanza hacia el futuro, no tiene mucho sentido. El balance es mucho más que revisar cuál es el saldo final del año; es preguntarnos qué hemos hecho para ser felices y hacer felices a los demás…
Por ello está el adviento, que es un tiempo de espera. No, necesariamente, de revisión, sino de proyección. Tiempo de prepararnos para recibir en nosotros la alegría de una presencia: Dios que quiere habitar en nuestros corazones y desde allí “hacer nuevas todas las cosas”.
Comenzamos nuestra oración poniéndonos en presencia de Dios y dialogando acerca de los hechos más significativos que nos tocaron vivir durante el año, tanto en la vida familiar como en la laboral.
Continuamos dialogando…
¿Cómo nos encontramos, hoy, al promediar el mes de diciembre?
¿Cómo influye el camino recorrido en el estado en que hoy nos encontramos?
Cerramos los ojos y tratamos de proyectar en nuestro interior los momentos más importantes del año. Damos gracias a Dios por cada uno de ellos. También pensamos en los difíciles, preguntándonos si hemos podido aprender de estos momentos, es decir, qué enseñanzas recibimos.
Al llegar al cierre de nuestras actividades, necesitamos del descanso y el consuelo, para renovar nuestras fuerzas y abrirnos a la esperanza. Dice el profeta Isaías (40, 1-3):
“¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga.
Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”.
Consolad
Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
hablad al corazón del hombre,
gritad que mi amor ha vencido,
preparad el camino,
que viene tu redentor.
Yo te elegido para amar
te doy mi fuerza y luz para guiar.
Yo soy consuelo en tu mirar.
¡Gloria a Dios!
Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
sacad de la ceguera a mi pueblo,
Yo he sellado contigo
una alianza perpetua,
Yo soy el único Dios.
Consolad a mi pueblo, dice el Señor
mostradles el camino de libertad.
Yo les daré fuertes alas,
transformaré sus pisadas
en sendas de eternidad.
“Yo ye he elegido para amar”, dice el Señor. Esa es la real medida del balance de fin de año: no poner la mirada, excesivamente, en lo que hemos hecho o alcanzado, sino en cuánto hemos amado. La fe nos lleva a posar la mirada, más que en planificaciones, planillas o registros; en la actitud con la que afrontamos las exigencias cotidianas y en la esperanza manifiesta de que siempre tenemos la oportunidad de reparar, renacer y renovar.
Continúa diciendo el profeta Isaías:
“No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. (Is 43, 18-19)
“Yo estoy por hacer algo nuevo”, nos dice la lectura. Esa es la experiencia del adviento en camino hacia la navidad: la posibilidad de renacer. No importa tanto lo que hemos hecho, sino lo que vamos a hacer. Dios viene a nuestro encuentro para animarnos a reconstruir la vida, la vocación, nuestras relaciones humanas…
Pensamos, durante unos instantes, qué necesitamos renovar en nuestras vidas y le pedimos a Dios que nos permita realizarlo…
Ven, Señor, a nuestras vidas
y renueva nuestro corazón,
alienta nuestra esperanza,
reafirma nuestras convicciones
y orienta nuestros pasos…
Ven, Señor, y haz nuevas todas las cosas.
Confirma nuestra vocación por la vida
y la pasión por el bien común.
Renueva nuestros vínculos,
fortalece nuestras amistades,
permítenos encontrarte, cada mañana
en cada rostro, en cada historia.
Ayúdanos a abrirnos a una nueva realidad,
lejos del egoísmo, de la mentira, de la falta de compromiso.
Que, en camino hacia el pesebre,
podamos optar, una vez más,
por la luz que vence las tinieblas.
Ven, Señor, a nuestras vidas
y ábrenos a la esperanza
de una vida más humana
en tu Reino de justicia y paz.
Amén
Si querés escuchar «Consolad», aquí te comparto dos versiones disponibles en YouTube:
La segunda versión interpretada por Jóvenes de la Catedral de San Isidro. Incluido en la obra «Hazte canto».
“Me has hablado en mil canciones”. Mil canciones para dialogar, reflexionar y rezar… podés buscarlas en el menú “Cinco panes”.
Isaías es uno de los protagonistas del Adviento. A tal punto que, san Jerónimo lo llamaba «el evangelista del Antiguo Testamento» ya que es quien con mayor claridad anuncia la persona de Jesús, tanto en orden a la Navidad (al hablarnos del Emmanuel) como a la Pascua (al presentarnos al Servidor sufriente).
El profeta Isaías vivió 700 años antes de Cristo. En su libro, nos propone una serie de signos que sirven de guía para nuestra vida de fe. En orden al Adviento, quisiera destacar cuatro de ellos: el camino, la luz, la joven, la montaña.
Resulta para todos muy clara la comparación de la vida humana con un camino. Vivir es transitar una senda. Hay un punto de partida y, también, de llegada. El profeta nos invita a «allanar el camino» (40, 3), esto es, examinar por dónde estamos transitando. Los caminos de la vida son diversos, muchos sencillos, otros escarpados… cada tramo del camino tiene una exigencia propia… no todo camino conduce a la felicidad, al encuentro con Dios. Por eso, el profeta nos habla de un camino santo (35, 8), el camino de la esperanza: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando. ¿No se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto» Is 43, 19
El segundo de los signos es la luz. Isaías es quien afirma: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz» (9, 1). El camino que propone el profeta es un camino luminoso, es el camino de la verdad, por ello comienza su libro diciendo: «Caminemos a la luz del Señor» (2, 5). En la oscuridad (el miedo, las frustraciones, el error, el invididualismo) se alza, como un faro, una señal de esperanza…
En el camino, guiados por la luz del Señor, emerge otro signo. Si la luz engendra la confianza y aplaca los miedos, este signo da lugar a la esperanza: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel» (7, 14). Es el signo de la vida, que siempre se impone, la que engendra nuestra esperanza. Es imposible no relacionar con estos textos con el prólogo del Evangelio de Juan, cuando afirma: «En ella (la Palabra) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).
Finalmente, la montaña es el lugar del encuentro del hombre con Dios. Isaías nos regala la imagen del monte santo donde se concretará el encuentro de todos los pueblos en comunión con su Creador. Así, nos revela el sueño de Dios: hemos salido de él y nos encontraremos en la santa montaña para vivir la fraternidad universal.
El camino, la luz, la joven embarazada y la montaña. Signos que nos ayudan a reflexionar y vivir el Adviento camino a la Navidad de la mano del profeta que con mayor claridad nos habló de la llegada de nuestra esperanza: Dios con nosotros!!!